Aunque la certeza de morir nos entristece…

9 de febrero de 20160 COMENTARIOS AQUÍ

La Pascua de un ser querido  ¬1

“Aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad”; sentencia resumida de nuestra solemne, sencilla y confortadora liturgia exequial que, con la luminosidad del Espíritu de Dios, nos hace contemplar las fronteras del existir humano. Y esta grandiosa realidad que nos abre, como el rayo, la luz intempestiva de la eternidad, la empezamos a vislumbrar desde la temporalidad de nuestra fugaz peregrinación de amor por el mundo.

Mas no es la promesa que nos marque el final de la dulce nostalgia¸ ni la ausencia total del recuerdo agradecido por el ser amado; más bien, es la proclamación solemne que consagró el Símbolo de la Fe, cuando nos enseña que la bienaventuranza eterna es la culminación inicial de la eternidad dichosa para la que nos selló el Bautismo; allí, la semilla del Cielo, se nos sembró para gozar de la Trinidad Beatísima en la profundidad del corazón humano y vacilante.

Esta promesa engalana la vida: en agua de salvación fuimos bañados; con agua de inmortalidad nos despide el Sacerdote en la puerta del templo…en esa puerta nos recibieron a la vida de Dios y allí nos entregaron a la eternidad del Señor ―mi grande y dulce Creador―.

Y esto se comprende mucho más cuando es el Sacerdote quien debe entregar en las Manos del Señor Dios a sus propios seres queridos; seres amados por el vínculo imborrable de la sangre o por el del don de la amistad bendecida. Cuan estremecedor es ser presidente de la Asamblea que, reunida alrededor del Altar donde se hace presente el Cielo, alaba a Dios por la vida, canta para que a la gloria del Paraíso prometido sea asociado el ser llamado; suplica que el consuelo redentor se derrame como lenitivo en el alma de quienes seguimos trasegando las huellas del Cristo Amado de nuestra fe…

La ausencia física no es desaparición; la sepultura no es cancelación de la memoria; la lápida sólo encierra el signo del cumplimiento de aquel signo evangélico de que la semilla germina al caer en tierra; se sepulta para que haya vida…paradoja extraña y doliente, pero, ciertamente reconfortante.

¡Cómo nos ha sorprendido profunda y existencialmente la partida pascual de Fabio! Ha sido oportunidad para pensar la propia muerte y confirmar con serena tranquilidad que lo único que se queda en el ser de la persona, es el amor a Dios y el bien prodigado a los demás en el Nombre Santísimo del Señor; sólo esto y nada más…lo otro…lo demás, podrá acompañar el camino como el fugaz apoyo que sigue su trasegar.

Y es que para contemplar el Cielo ―el infinito firmamento de Dios― hay que mirar con gratitud hacia la tierra, nuestra casa temporal…Así lo hago hoy cuando evoco los años de la dulce infancia, el tiempo de la adolescencia y juventud con la ilusión del Sacerdocio, la etapa del discipulado formativo en el Seminario y los años vividos con dicha de mi ministerio sagrado. Largo tiempo en el que siempre estuvo ―y estará― presente mi querida familia…la puerta de su casa siempre abierta para mí como signo de ser la casa de todos los que siempre hemos sido acogidos allí con la alegría de los que viven y de los que ya se fueron al cielo. Fueron momentos que se grabaron para siempre en la entraña de mi memoria y de mi corazón sevillano y sacerdotal y que, sin espacio para la duda, allí estarán aguardando el deseado paso a la celeste patria donde seremos todos en el Todo, mi Señor.

Hoy cuando presidí la liturgia exequial de mi tío Fabio, contemplé ―como en un “ventanal retrospectivo”― gran parte de las dulces memoraciones de mi familia y de la historia de la ciudad de mis amores ―Mi Sevilla del Valle―; agradecí la generosidad de varias generaciones que hicieron del servicio a los demás y a la ciudad, su lema y su desvelo.

El Señor lo llamó a su presencia en un día especialísimo: el día elegido por Él mismo; y esto me sugiere un sutil pensamiento: siempre es el tiempo oportuno para vivir y para morir.

Sea ella siempre ―Santa María de Nazareth, a Madre del Cielo― la mano femenina que nos ha de guiar hasta que crucemos el umbral de la patria eternal para contemplar al Divino Hacedor y a todos los seres amados que peregrinaron con amor hasta donde está ya anclado nuestro corazón creyente.

Gracias a todos porque la fraternidad sevillana nos hace vivir como una familia solidaria y cercana…es consuelo y apoyo mutuo. ¡Dios les pague!

¬1  Con motivo del paso a la eternidad de mi tío Fabio Trujillo Arango, ocurrido el 7 de febrero diciembre del año 2016, a sus 70 años de edad.

P. Rodrigo Gallego Trujillo
Buga, febrero 9 de 2015
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