Reflexión Dominical

23 de junio de 20160 COMENTARIOS AQUÍ

Domingo, 26 de junio de 2016
 (Lucas 9, 51-62)

Seguir a Jesús no siempre es fácil; siempre es exigente. Esto nos hace pensar que la fe pide nuestra vida lo mejor, lo más excelente. Dicho de otro modo, un cristiano tiene que ser de calidad total, mucho más, cuando por el Señor está llamado a ser luz del mundo y sal de la tierra.

Jesús en este Evangelio nos recuerda una realidad muy grande y cierta: el amor de Dios tiene que ser la única posesión deseable de la vida cristiana y de todo cristiano. Cuando el corazón se va llenando de otros amores, la vida espiritual se va desvaneciendo, se va volviendo pequeña hasta que se torna insignificante. Pero, cuando el amor del Señor es creciente, todo cambia, todo se transforma, todo se vuelve luminoso y el creyente se convierte como en un imán que atrae a muchos para Dios.

Dejar que los muertos entierren a sus muertos implica olvidar el pasado que puede ser turbulento o cargado de muchas heridas; el pasado es pasado; poseemos sólo el presente y esto es lo que nos debe entusiasmar a vivir siempre de la mejor manera. Mirar para atrás es quedarse anclado en lo que ya no puede cambiar y eso es propio de personas que no tienen fe sólida. El que de verdad cree se lanza al futuro y se proyecta con decisión hacia la grandeza del encuentro con el Señor.

Jesús nos promete vida eterna; Él nos advierte que su única posesión es hacer la voluntad del Padre del cielo. Nos ponemos en manos de Dios y deseamos que en nosotros se cumpla su santa voluntad.

                  
P. Rodrigo Gallego Trujillo
Rector del Seminario Mayor de Buga
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