Nos consuela la promesa de la futura inmortalidad…

24 de agosto de 20160 COMENTARIOS AQUÍ

―La Pascua de un ser querido ―[1]

Otra vez nos visitó la “hermana muerte” ―como solía llamarla san Francisco de Asís―. Así es y así será siempre, porque el misterio de la muerte es y seguirá siendo “el máximo enigma de la vida humana […]. La semilla de eternidad que en sí lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre […] Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre” (Concilio Vaticano II).

Con esta bella certeza de la fe, expreso mi gratitud sincera a mi familia, a los sevillanos, a la familia diocesana y al Seminario Mayor, por su invaluable cercanía en este momento de Pascua. Vuelvo a pensar en la grandeza del Buen Dios quien nos creó para él y, con amor eterno, nos atrae hacia Él mismo con una sed de eternidad. Así lo vivimos en la Liturgia Exequial por Orlay, sencilla y confortadora liturgia que, con la luminosidad del Espíritu de Dios, nos hace contemplar las fronteras del existir humano. Y esta grandiosa realidad que nos abre, como el rayo, la luz intempestiva de la eternidad, la empezamos a vislumbrar desde la temporalidad de nuestra fugaz peregrinación de amor por el mundo.

Gracias por las palabras de tantos sevillanos que han conocido a mi familia desde años atrás; una familia que vio el paso del crecimiento de nuestra Sevilla del alma: los abuelos, los tíos…

Cuánto estremece el corazón del sacerdote presidir las exequias de sus seres queridos. Se conjugan la fe que profesa la resurrección y el cielo, los recuerdos que pasan por la memoria como una secuencia de gratitudes sin fin y la alegría de esperar el cielo prometido.
Y es que para contemplar el Cielo ―el infinito firmamento de Dios― hay que mirar con gratitud hacia la tierra, nuestra casa temporal. Hoy lo hago con gratitud por el esforzado trabajo de Orlay, pues como escribió Óscar Humberto Aranzazu Rendón, fue un “pedagogo con aspecto de sabio griego”; además le decimos desde el tiempo, “gracias infinitas en nombre de varias generaciones de sevillanos que tuvimos el privilegio de ser instruidos y asesorados en nuestros deberes académicos”. Yo fui beneficiado de su apostolado como pastor intelectual.

Han pasado el tiempo y muchos de casa han salido ya a ver al Señor, cara a cara, pero, siempre estará presente mi querida familia en mi recuerdo agradecido…la puerta de su casa siempre abierta para mí como signo de ser la casa de todos los que siempre hemos sido acogidos allí con la alegría de los que viven y de los que ya se fueron al cielo. Fueron momentos que se grabaron para siempre en la entraña de mi memoria y de mi corazón sevillano y sacerdotal y que, sin espacio para la duda, allí estarán aguardando el deseado paso a la celeste patria donde seremos todos en el Todo, mi Señor.

Cuando presidí la liturgia exequial de mi tío Orlay, volví a contemplar ―como en un “ventanal retrospectivo”― gran parte de las dulces memoraciones de mi familia y de la historia de la ciudad de mis amores ―Mi Sevilla del Valle―; agradecí la generosidad de varias generaciones que hicieron del servicio a los demás y a la ciudad, su lema y su desvelo.
El Señor lo llamó a su presencia en un día especialísimo: el día elegido por Él mismo; y esto me sugiere un sutil pensamiento: siempre es el tiempo oportuno para vivir y para morir. Era domingo, día de la Pascua del Señor y Él lo llamó en ese día a ser Pascua con Él.

Gracias a todos porque la fraternidad sevillana nos hace vivir como una familia solidaria y cercana…es consuelo y apoyo mutuo. ¡Dios les pague!

[1] Con motivo del paso a la eternidad de mi tío Orlay Trujillo Arango, ocurrido el domingo 21 de agosto del año 2016, a sus 76 años de edad.


Buga, agosto 24 de 2016, P. Rodrigo Gallego Trujillo




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