Reflexión Dominical, 11 de septiembre de 2016

9 de septiembre de 20160 COMENTARIOS AQUÍ

(Lucas 15, 1-10)

¡El hijo pródigo! Cuántas veces hemos escuchado esta página del Evangelio; cuántas la hemos escuchado con atención; cuántas nos ha tocado el corazón. Siempre que la leemos hay algo nuevo para nuestra vida espiritual.

Le pedimos al Señor nuestra herencia; creemos que podemos vivir sin Él, por nuestra propia cuenta. Allí empieza el verdadero drama del sufrimiento humano. Decidimos irnos muy lejos… lejos de Dios y ocurre lo que debe pasar: nos rodea y devora la miseria; eso es el pecado, muerte y miseria. Y es esto lo que parece que nos seduce y gusta; es la tentación que nos pone el espíritu mundano.

Siempre Dios paciente y misericordiosamente está esperándonos para que regresemos a casa; estar lejos de Dios nos produce hambre y ello nos lleva a “comer” cualquier inmundicia que se nos ofrece. Dios no se cansa de esperarnos; nos espera con su ternura, no para “recibirnos con un regaño”.

Hay un ejemplo muy grande en este Evangelio: el hijo menor “entró en sí mismo”, es decir, hizo un examen de conciencia para llegar a descubrir que se había marginado del amor de su Padre; debía volver a Él. Este es el principio de la conversión y del cambio de vida. Esto es lo que nos pide y ofrece el Señor a cada uno de nosotros. Nunca nos sintamos marginados para el perdón… pero… hay que dar el primer paso… dejarnos tocar por el amor de Dios.

Hay gran fiesta por un pecador que se convierte. El Padre hizo una fiesta; es la fiesta del perdón.

No comamos más “basura de pecado” y, más bien, alimentémonos de los manjares de Dios.

P. Rodrigo Gallego Trujillo

Rector del Seminario Mayor de Buga
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