Reflexión Dominical| 2 de octubre de 2016

28 de septiembre de 20160 COMENTARIOS AQUÍ

(Lucas 17, 5-10)

La fe es un don de Dios; lo recibimos en el Bautismo; no es agregado a la vida, ni un adorno… es vida de Dios en nosotros.

Muchos se preguntan, ¿cómo hago para que mi fe crezca? Los medios habituales para que haya un crecimiento de fe es la oración que se traduce en la celebración frecuente de los sacramentos, pero, también, en el apostolado, pues “la fe se fortalece dándola”, según expresión de san Juan Pablo II. La fe no es un don para guardarlo o conservarlo oculto en la profundidad de la persona misma; no es un tesoro para ocultarse, sino para que produzca muchos frutos.

Se presenta un problema actual en el tema de la fe: muchos hablan de fe y muchos quieren “hacer su agosto” a costa de la fe de personas que sufren o pasan por crisis económicas, existenciales o de la fe misma; más aún, es grave cuando la intención es sacar provecho de ello. La fe no es comercio; la fe no es para enriquecerse… la fe es un regalo de Dios para conocerlo, amarlo y comunicarlo.

Si de verdad la fe nos funciona, la vida tiene que ser distinta y más amable; la fe nos hace pensar como Cristo, vivir como Cristo y amar como Cristo.

En la Iglesia tenemos el ambiente propio para que la fe crezca: la Eucaristía, la Confesión, el apostolado, la devoción a la Santísima Virgen María, la vida fraterna. Busquemos que la fe sea “la chispa de la vida”.

P. Rodrigo Gallego Trujillo

Rector del Seminario Mayor de Buga
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