Reflexión Dominical | 2 de abril de 2017

31 de marzo de 20170 COMENTARIOS AQUÍ

(Juan 11,1-45)
El Señor abrirá nuestros sepulcros. En un sepulcro hay muerte, descomposición, huesos, ausencia de vida. Aquí hay una clave de vida que nos ayudará a entender la fealdad del pecado.

El pecado no es únicamente rechazar o incumplir un mandamiento; es más que eso; es la experiencia de muerte que dejó en nosotros el pecado original y que nos aparte, mortalmente, del Señor de quien venimos ya hacia donde nos dirigimos. El pecado es desviar totalmente el camino y ponernos como centro de la vida, desconociendo a Dios. Vivir en el pecado es creer que en nosotros reside el poder para solucionarlo todo, arreglarlo todo, dominarlo todo. Es la autosuficiencia soberbia que nos hace sentir que podemos hacer conquistas perdurables. La historia del hombre nos ha mostrado lo contrario; cuando nos alejamos de Dios nos hacemos otros Lázaros que olemos a pecado, a muertes, a descomposición. Qué triste es descubrir que en nosotros, muchas veces, tiene más fuerza el pecado que la vida de Dios, porque hemos elegido el mal.

¿Cómo salir del sepulcro que hemos construido por nuestro pecado? Sólo hay una manera: Cristo Jesús. Si queremos salir de la muerte que necesariamente nos deja el pecado, sólo hemos de acudir a Cristo y permitirle que sea el único Señor y Salvador. No busquemos donde no se puede hallar vida; no busquemos beber el agua sucia del pecado que deja más sed. No cavemos más tumbas, más abramos sepulcros para que de la muerte brote la vida.

P. Rodrigo Gallego Trujillo
Rector del Seminario Mayor “Los Doce Apóstoles” de Buga
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