Para mí, Sevilla representa todo

1 de octubre de 20170 COMENTARIOS AQUÍ

Por Juan Martín Carvajal*
Para mí, Sevilla es un compromiso.
Un desafío permanente. Así como el sevillano español antepone todo para seguir llamándose sevillano antes que español, el gentilicio nuestro por el sólo hecho de serlo, ya nos compromete.

Yo no me acuerdo si fueron Absalón García o Tocayo Ceballos los que dijeron, para exaltar el espíritu sevillanista: “Yo nací en un pueblo donde nacen muchos pero se crían muy pocos, porque a unos los mata la inteligencia y a otros la verraquera”.

Para mí, Sevilla es un desgarramiento.
Estoy hecho de una transparentada y débil fibra. No puedo caminar ligero, aun yendo de prisa. Me paro a observar todo. Una puerta, un zócalo, un viejo metedero. Atisbo techos, gente, el cielo. El aire. Ese espeso oxígeno entreverado en mi sangre aún siguen renaciendo mis pasiones. Oigo la sabatina bulla y las pueriles canciones confundidas con las voces de los borrachos en los cafetines de clientela fija. Me quedo quieto oyendo. Pero eso sí, cuando suena la campana que llama a misa doblando, como allá se dice, sale todo. Escurro la última emoción asi de pronto y aplasto la nostalgia con un manotazo y con la mano abierta.

Para mí, Sevilla es el camino.
Un camino de infinitos recovecos sin terminar de recorrerlo. Siempre voy y vuelvo. Es el alegre regreso o el regreso triste y, como siempre un camino en el centro, ya caminado. Pero me gusta. Lo hago cada nuevo regreso. Camino por extramuros, por la dura periferia. Las calles son caminos ya domados. Esos metederos donde los recuerdos están vivitos todavía, pero el viejo y amado escenario, han construido algo nuevo y se han renovado sin desdibujarse: árboles, ranchos, casas, y calles, en esa Sevilla diferente, ya de otros. Gente de otro pelo que crece y moldea sin saber sus emociones. Llena el alma así como nosotros la llenamos, guardando cada grito, cada amanecer con el frío guardado en el bolsillo. Cuaja su ser sevillanista para cargarlo después por un camino largo, cuando emigren con la tristeza en las espaldas, o regresando, como a mí me pasa, con la tristeza mil veces aumentada.

Para mí, Sevilla es un dolor.
Tal vez sea un dulce dolor, pero en todo caso en un dolor. Mantengo un cauce abierto para recoger los duros golpes o los frágiles amores. El amor es un dolor sin sueño hasta cuando llega. He llenado mi vida de muchas cosas pero ninguna ha podido desarraigar mi hermosa y dolorosa vigencia sevillana. Es el principio de todo lo que soy, y así quiero morirme. Creo que así le pasa a todos los sevillanos. Ese arraigo es el producto de esas raíces clavadas en el aire y en la tierra, y que cada pueblo requiere de sus hijos, para la cosecha de los huesos.

Para mí, Sevilla es una expectativa.
Ustedes la están haciendo diferente. No traten de cercar, de limitar a “PLUS ULTRA” y hacer que esa revista camine únicamente por la calle Real o la calle Miranda. Y vaya a Tres Esquinas y a la Margarita y allí termine su periplo. No. El nuevo intento debe tener un camino más largo y abierto. Que cada sevillano disperso (el solitario y el nostálgico) o la colonia activa y beligerante, se nutran y nutran la revista. En fin, que sea un correo desparramado por la patria y llegue hasta ellos como si fuera una carta de la novia, esa triste niña que espera aún nuestro regreso y se vistió de negro para tapar más fácil su silencio.

Para mí, Sevilla es una emoción.
Cada vez que vuelvo, ya sea por el Popal, atravesando el puente; o por Carangal, asomando la cabeza; o cuando salgo de Corozal lleno de polvo, por el cementerio, la emoción me golpea los ojos y la cara como si fuera un puñetazo. Me detiene. Trastabilleo cuando me miro allá por dentro. Siento en los jarretes y en la punta de los dedos las niguas compañeras. La cargadera del remendado pantalón torcida sobre el hombro. Siento en las espaldas el canasto en el que se lleva los mercados y el cargador que talla en la cabeza. La emoción es un poco de todo lo que somos y por eso reculamos con el golpe que nos pega cuando encontramos sus raíces. Vuelven del olvido las voces de todos los amigos y los idos enemigos. Mi madre y mi padre me llevan a la misa de once a ver los toldos blancos dl mercado, cuando en la Concordia no crecía el prado ni las flores se habían aclimatado. No había baldosas superpuestas ni rectos sardineles. Entreveo la vieja escuela con sus gritos; su silencio atardecido, oyendo la dualidad distorsionada desde un fondo intemporal, estancado en la emoción de otro momento y, sobrevive sin espacio, solamente por la vida que le da mi alma. Por eso cuando encuentro así, de pronto, todas esas cosas reunidas, siento más dura la puñeta en plena cara y la emoción trata de tumbarme y muchas veces me ha tumbado.

Para mí, Sevilla es un recuerdo.
Los recuerdos más tristes y duros que tengo de Sevilla. Sin embargo son los más queridos y protuberantes. Son los más hermosos. No hay nada tan buen compañero como un recuerdo. Los recuerdos son un dolor pegado para siempre. Donde se construyen, allí se quedan. El dolor se puede calmar y hasta olvidarse: Basta con cerrar la puerta. Se puede corregir con la risa el contento y las cosquillas; es muy fácil. A los recuerdos en cambio, no los tapa nadie ni aun la mano abierta y extendida de todo el universo.

Para mí, Sevilla es el amor.
Allí congele mis iniciales emociones: por eso, cuando quiero experimentar un sentimiento diferente, destapo el corazón, descongelo el olvido y la distancia y, con la magia que tienen las palabras, vuelvo a tener a mano el momento revivido. Vuelve a salir la dulce y tierna novia. La serenata, el momento bohemio. Resuenan los viejos poemas cursilientos, esos sacados del mismo cuero cuando estaba herido o más herido, de amor agonizante. Vuelve a caminar por encima de la sangre y los sentidos de idolatrada y bella ingrata. La dulce maldita, calcada para siempre como la mancha de un pegote en medio de las uñas, de los pelos y del pellejo.

Para mí, Sevilla es la amistad.
Nunca he podido encontrar una amistad tan regalada como en Sevilla la encontré de fácil. Nadie fue capaz de asimilarla como la asimiló el paisano. Por eso respeto tanto a ese amigo. Siento pena cuando vuelvo. Me parece que soy un prepotente, un reblandecido. Un lambón de última hora, como ellos ―asumo― piensan cuando voy llegando. Ya no pertenezco a su círculo e exclusivo porque cuando entro al Café Vesubio, no llevo ruana ni sombrero y en cambio llevo encima una guayabera toda loba recargada de bordados y parqueo mi humilde “renaulcito” sin que yo lo quiera donde ellos pueden verlo. Claro que estoy hablando de una generación casi perdida y de un humilde estrato al cual pertenecía, y por más jabón que me unte, aún estoy perteneciendo. En ese tiempo si mierda no comimos, muy poco nos faltó para comerla. Pero aun así, los amigos mantenían extendidas dos manos y entregaban hasta lo último que no tenían. Por eso para no irrespetar a ese noble amigo, ese que se quedó atrancado y suspira cuando ve un camino, una lejanía, y como un pendejo recorre la calle Real de abajo a arriba, mirando el pavimento y suspirando por largarse, mejor salgo caminando.

Para mí, Sevilla es un laberinto.
Recorro sus calles. Comienzo allá en la Margarita. San José, de punta a punta, allí donde ir es peligroso. El viejo seminario donde sobresale de sus ruinas un naranjo viejo y retorcido, lleno de cicatrices militares. Puede verse entre los pedazos de ladrillo la quejumbrosa liturgia de los curas, y no se han ido del aire sus clamantes rezos. Paso por el Parque Uribe. A don Heraclio lo cagan las palomas y los afrecheros cada vez que amanece. Las araucarias y el cielo capotudo. Muchas veces hay neblina y una llovizna delgadita. Reconstruyo su perímetro (por la calle Real se pasa para ir a todas partes). Entro. Sus doradas estrellitas en un abovedado pintado de azulito como si allí se hubiera entrado el cielo. Dejo la última esquina de la plaza (El café Ginebra era el mojón para iniciar el tránsito) y entro en la Miranda. Paso a paso sigo caminando en busca del cementerio. También busco mis pasos por la calle larga. Todos ellos han huido. Miro a lado y lado para ver el alma. Esa que dejé enredada en las ventanas, en las cantinas o en la Pista cuando salí derrotado por el hastío, por la intrascendencia, así como se usaba en ese tiempo. En vez de encontrarla se me pega otra tristeza nuevecita. De paso, cuando casi ya estoy llegando, compro donde las Rodríguez un manojo de claveles rojos. Voy dejando uno por uno sobre las tumbas de los amigos y de los enemigos muertos. Los que se murieron cuando la epidemia de los revólveres. La enfermedad del odio que asoló a Sevilla y mató a muchos sin estar enfermos.

* Nacido en Sevilla Valle del Cauca,  en 1919. Finalista del tercer concurso de cuento de la fundación Testimonio. Mención honorifica con su cuento “La Pernada”, en un concurso de cuento realizado en Costa Rica. Dejó una novela inédita llamada “Kikirikúa”. Dejó su vida terrena en la ciudad Cali, en 1986.  
Tomado del libro de Juan Manuel Carvajal, “Sevillano: si algún día vas  la cascada…y otros relatos.
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