“Colombia, un país conservador y esnob”: Andrea Salgado

11 de enero de 20180 COMENTARIOS AQUÍ

Entrevista | Santiago Díaz Benavides

Andrea Salgado publica su primer libro, “La lesbiana, el oso y el ponqué”. Es profesora del Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central y ganadora de la mención a la calidad literaria, otorgada por Idartes en 2010.

Andrea Salgado, nacida en Sevilla (Valle) en 1977, ha dedicado su vida a encontrar las historias precisas que requieren ser narradas por su cuidada y talentosa pluma. Formada como periodista y desempeñándose como profesora en diferentes talleres de creación literaria, esta escritora ha decidido combinar lo mejor de la narrativa propia del periodismo con lo esencial del relato intimista para escribir un libro en el que le da rienda suelta a la imaginación y escarba, con suma minuciosidad, en el concepto de la diversidad a través de la ciencia ficción.

El libro La lesbiana, el oso y el ponqué (2017), con el sello Ediciones B, del grupo editorial Penguin Random House, se une a Vagabunda Bogotá (2017), de Luis Carlos Barragán, como una de las novelas de ciencia ficción que se han propuesto revalidar el género en el país, aquel que no ha tenido mayores alcances durante diecinueve años, tiempo en que viera la luz la última antología que exploraba seriamente estos temas.

Parece ser que el 2017 ha sido el año de la ciencia ficción en Colombia, por lo menos en la literatura, pues además de estas novelas aparece una nueva antología del género, liderada por Rodrigo Bastidas, en la que participan escritores como Humberto Ballesteros y, por supuesto, Andrea Salgado y Luis Carlos Barragán. Ojalá que sigan apareciendo más autores como estos, gente salida de los renglones a la que le encanta desafiar las convenciones. Ojalá que haya mucho de Andrea Salgado durante muchos años, más de sus historias y de su poco rastreable influencia de realidad, que haya gente que lea y gente a la que le gustan las lesbianas, los osos y los ponqués.

¿Por qué en Colombia se le tiene temor a hablar y escribir de ciencia ficción? ¿Pesa la categoría o es vista como etiqueta excluyente entre los autores colombianos?
Colombia es un país conservador y esnob, anclado en el pasado, al que le encantan las etiquetas porque ellas le dan la sensación de control, de piso firme, de saber en qué terreno caminan. Le gusta lo previsible, lo de siempre, lo que no genere ninguna incomodidad. En realidad, no le gusta la literatura porque precisamente la literatura está hecha para mostrarte la forma en la que un hombre o una mujer ven el mundo, y si esta es una obra de arte, una verdadera, desbarata tu concepción de mundo, que no es tuya sino la de un modelo social en el que te encuentras inscrito. La gente prefiere sentirse avalada por una historia, no cuestionada. En la ciencia ficción hay historias que no son literatura y otras que sí lo son. El caso de la exclusión de la ciencia ficción en la literatura colombiana no es otra cosa que la historia del desconocimiento; pero no sólo la ciencia ficción es excluida. Cualquier cosa que escape a la arquitrama “inicio, nudo, desenlace” y que no responda a la idea de efectividad que básicamente es “arrástrame hasta el final de la historia, anestesiado, mantenme entretenido”; cualquier cosa que represente el mundo fuera de esta convención, no funciona. La realidad en la que vivimos inmersos nos muestra que el arte tiende a la hibridación, que no hay nada puro, que no existe tal cosa como un género puro, pero el mercado lo ignora. A mí no me gustan las etiquetas. Escribo. Si quieres decir que es de ciencia ficción, OK, dilo; si quieres decir que es intimista, está bien; si quieres decir que es queer, pues dale; si quieres decir que es una historia de amor, me parece perfecto, o si dices que es una historia sobre la virtualidad en el capitalismo, pues hombre, también. Un libro, como una vida, son muchas cosas en simultáneo. Frente a la imposibilidad de que me etiqueten con una sola cosa, prefiero que me llenen de muchas etiquetas, así tal vez me desdibujo, y al hacerlo soy más humana, más honesta, y así es mi literatura.

¿De qué manera es concebido el proceso de escritura de esta novela?
Veo la escritura no como un proceso aislado, no como un acontecimiento único, sino como un encadenamiento de momentos de escritura. El germen de la novela nació 13 años atrás y poco a poco, con el correr del tiempo, se le fueron sumando otras capas de escritura. Cuando pienso en la labor del escritor, no la mía, sino de la cualquiera, imagino la escritura como un video en cámara acelerada del inicio de la vida, bien sea animal o vegetal.

Primero fue una idea y luego fue la vida, que es todo lo experimentando, lo leído y lo imaginado: hallazgos y accidentes. En pocas palabras, lo que se va entendiendo a medida que transcurre el tiempo.

En esa medida y a la misma velocidad del video. Primero fue una calle como un juego de video donde se debía eliminar la diferencia. Luego fue una mujer de un pueblo hecha a mi imagen y semejanza. Luego fueron dos mundos, uno sintético y otro orgánico, que no tenían conexión. Luego fue la entrada de la literatura intimista, la autoficción y todos los géneros de no ficción, y luego fue la ciencia ficción y la filosofía. Y por último fue un episodio que lo desencadenó todo. La idea de que yo y los que me rodeaban entraban a otra etapa de la vida, se estaban volviendo adultos, y ser adulto, al parecer, era una incapacidad de tomar decisiones, como si la adultez fuera una especie de marasmo, aguas suspendidas.

Y entonces, la escritora, jugando a ser diosa, toma cada uno de estos pedazos y crea un solo cuerpo, una sola pieza, y luego ahí está, una historia, y ella pule, alisa las costuras, hasta que decide que está listo, o más bien, hasta que decide que no quiere criarlo más, que es hora de deshacerse de esa criatura.

¿Cuál es el argumento central de “La lesbiana, el oso y el ponqué”?
La lesbiana, el oso y el ponqué es la historia de una mujer que se llama Alba Lucía, a quien no le gusta que la llamen por su nombre (que es el mismo de su madre) y desde niña se hace llamar Lucas, como el perro de su abuelo, que es callejero, libre e independiente. Ella está casada con otra mujer desde hace varios años y está viviendo una crisis: hace varios meses se enamoró de un hombre gordo, calvo y peludo al que llama el Oso. Su crisis está siendo vivida en directo por los habitantes de un juego de video de última generación que se llama La Calle, los cuales están conectados a ella a través de un dispositivo biotecnológico llamado el SDVO, simulador de vida orgánica. En pocas palabras, su vida es un producto, mezcla de reality y juego. De cierta manera, ella es una prostituta que vende su experiencia orgánica a unos seres sintéticos, y sus ganancias dependen de la cantidad de consumidores que decidan vivir su crisis. Aunque La lesbiana, el oso y el ponqué es una historia intimista, ocurre en un contexto de ciencia ficción, en un mundo distópico, virtualizado, biotecnológico y alienado. En la novela confluyen dos mundos, uno sintético (el del videojuego) y otro orgánico (el de la cotidianidad de Lucas) de tal manera que los límites entre realismo y ciencia ficción se diluyen.
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