Reflexión Dominical | 31 de marzo de 2019

30 de marzo de 20190 COMENTARIOS AQUÍ


 (Lucas 15, 11-32)
La parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso es un texto ampliamente conocido y que posee una gran cantidad de detalles que nos mueve a pensar que Dios nunca se cansa de ser misericordioso con todos y quiere que todos nos salvemos.

El hijo menor se va a un país lejano, el mayor permanece en la casa... ambos quieren hacer su estilo de vida, el primero buscando lejos de Dios, el mayor creyendo que por cumplir todo tiene derechos adquiridos. En ambos casos, el padre expresa su amor sin reservas a ambos… ese es Dios para nosotros, nunca se cansa de esperar que volvamos nuestra vida hacia Él.

La Cuaresma nos invita a pensar muy seriamente en lo que significa ser hijos de Dios Padre… es la mayor dignidad a la que podemos aspirar los seres humanos, pues, nos hace herederos de la vida del Señor y nos hace experimentar que hacemos parte de una gran familia que es la Iglesia.

Cuando el hijo menor regresa a casa, no encuentra el reproche de un juez, sino el afecto sanador de un padre que espera con gozo que el hijo perdido vuelva al seno del hogar.

Muchas veces nosotros nos alejamos de la casa donde tenemos todo lo necesario para ser felices y preferimos pasar necesidades, sólo por el capricho de hacer, orgullosamente, la propia voluntad.

Sintamos que Dios nos quiere salvar y nos quiere cercanos, muy cercanos a Él… no escojamos comer basura en lugar de los manjares del Señor.

¡Mi boca anunciará tu salvación, Señor!

P. Rodrigo Gallego Trujillo
Párroco de La Catedral San Pedro de Buga

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