La deidad de los delfines en Colombia

27 de agosto de 20190 COMENTARIOS AQUÍ


Que Colombia es una plutocracia (gobierno de unos pocos) no hay duda, es una verdad indiscutible, es un reinado donde los hijos de ex presidentes llamados “delfines”, se sienten predestinados a ejercer el poder, así como los reyes estaban convencidos, que su poder tenía un origen divino. Los delfines sienten que son seres sobre naturales a los cuales hay que rendirles culto y pleitesía. Estos herederos de la política, creen poseer el don de decidir el destino de todos nosotros. Ellos, se sienten reyezuelos y sujetos a derechos heredados y perennes, lo único que falta en esta boba patria, es incluirlos en la Constitución Nacional y oficializarlos como un derecho adquirido.

No son solo los hijos de los ex presidentes, los que sienten este llamado divino de preservar el poder, el flagelo se extiende a los hijos de los Senadores, Representantes a la Cámara, Alcaldes, Diputados, y hasta Concejales. A la justicia también se extiende el delfinato: hijos de magistrados jueces y fiscales son herederos en el Poder Judicial. Es un cáncer que nos carcome, e hizo metástasis en la sociedad y se ve reflejado en la corrupción rampante. Los delfines sienten que son la natural solución a nuestros problemas, que nunca han solucionado y que ellos, nacieron con el derecho a gobernar el país. Para la muestra un botón: de los  candidatos a la Alcaldía de Bogotá, dos de ellos son delfines: uno heredero de Luis Carlos Galán y el otro, Miguel Uribe Turbay, nieto de Julio Cesar Turbay Ayala presidente (1978-1982). Turbay fue aquel que acuño la frase "La corrupción debe darse en sus justas proporciones". Lo más triste de todo, es que los dos son  opcionado, a no ser que los derrote en las urnas la plebeya Claudia López.

Cuando no existen méritos suficientes, el delfinato es corrupción. Resulta muy fácil subir y alcanzar el éxito, cuando el papá es el dueño de la escalera.

Con unas pocas excepciones, en nuestra historia reciente, los ex presidentes Marco Fidel Suarez, Álvaro Uribe Vélez, Belisario Betancourt y Cesar Gaviria (que se ganó la presidencia en el Cementerio), se les colaron a las tradicionales estirpes, que son las que normalmente ponen presidente. Casi siempre los presidentes tienen su origen en unas pocas familias, de rancios linajes y rancios abolengos que han hecho del poder su sitial donde solo pelechan sus tradicionales apellidos. En este carrusel de apellidos y nepotismo, y después que los padres han ejercido el poder, inmediatamente siguen los hijos, los nietos y los bisnietos, que posteriormente ejercen, en una especie de natural sucesión. Casi nadie cuestiona este hecho tan aberrante.

Todo se percibe tan natural, tan ético y tan diáfano en nuestra anacrónica "Democracia", que nadie lo avoca ni nadie dice nada al respecto. Contrario a todo esto el electorado, que son los que los aúpan siguen alegremente votando por ellos que son sus opresores. Muchos añoran las cadenas. Y aman a quien los oprime.

Si hacemos un recorrido poco ortodoxo, en la historia reciente de nuestro país, nos damos cuenta que después que se terminó el periodo Estados Unidos de Colombia y se estableció la Republica de Colombia, vino la gran hegemonía conservadora, que se inició con Rafael Núñez.  Este periodo se inició en el año 1886 y terminó en 1930, con Miguel Abadía Méndez: Durante 44 años que duro el partido Conservador en el poder, todo fue un carrusel e interpolación de apellidos en el poder. Los Holguín, los Caro, los Ospina, los Restrepo, los Núñez, fueron los apellidos que gobernaron en este largo periodo. Por una división del Partido Conservador entre el general Alfredo Vázquez Cobo y Guillermo León Valencia, perdieron el poder ante el Liberal Enrique Olaya Herrera. Con la asunción de Olaya Herrera, terminaba la hegemonía Conservadora en 1930. A partir de esta fecha todo ha sido un gobierno de delfines y casas políticas: Alfonso López Michelsen, las casas políticas de los Lleras, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo y el hoy Delfín, su nieto, Germán Vargas Lleras, los Pastranas, Misael y su  “infante terrible”, Andrés Pastrana Arango. Los Turbay, herederos de Gabriel Turbay, Julio Cesar Turbay y hoy su nieto candidato a la Alcaldía de Bogotá, Miguel Uribe Turbay, hijo de Diana Turbay vilmente asesinada durante su secuestro. Un pueblo bastante estoico el colombiano el haberse aguantado tanto.

Los delfines de Álvaro Uribe Vélez parece que no nacieron para la política, pero si para los negocios, Martín Santos calienta motores y Simón Gaviria se encuentra madurando en Harvard, igual Pastrana hijo. Ni la izquierda que nunca ha gobernado este país, se salva del contagio, porque ya Gustavo Petro entronizo su prospecto de delfín como candidato a la Gobernación del Atlántico y Piedad Córdoba Ruiz intento con uno de sus hijos, que resultó un fiasco. Existe un delfín muy particular y que nunca aspiro y nunca pego: Mariano Ospina Hernández, hijo de Mariano Ospina Pérez, presidente 1948-1950, aquel de la histórica frase cuando asesinaron a Gaitán durante su gobierno: “más vale un presidente muerto que un presidente fugitivo” y el gran presidente Juan Manuel Santos, delfín de su tío abuelo Eduardo Santos, presidente en 1942-1946. El mismo presidente Duque, hijo de Iván Duque Escobar, Ministro de Minas de Belisario Betancourt, Gobernador de Antioquia y Alcalde de Medellín, su hijo Iván califica como delfín, hoy con poderoso padrino político que corono la Sub presidencia de Colombia.

¿Sera que no existen otros jóvenes en Colombia, preparados académicamente y capaces de ejercer el poder, en igual o superior condiciones de inteligencia que estos eternamente elegidos y privilegiados? El delfinato perce, no es malo cuando existe mérito propio, pero en la política Colombiana cada cual quiere posicionar su delfín con el único soporte del recorrido político del padre, el tío o el abuelo.

Germán Peña Córdoba
Arquitecto Univalle
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