"El monstruo de los mangones" años 60

24 de septiembre de 20190 COMENTARIOS AQUÍ


El  polvo, de las calles del barrio Junín, impedía las visuales, era el ostensible rastro que dejaba en su recorrido el bus Amarillo Crema y la Azul Plateada cuando hacían transito sobre la calle 13. Era la década de los años sesentas, en la ciudad de Cali. La ruta Verde Bretaña circulaba paralela a la carrera 23. La brisa de la tarde que bajaba del Cañón del Dagua, llegaba al pie de monte y levantaba la polvareda en la vía; ese espectáculo semejaba una tormenta de arena en el desierto y nublaba la visibilidad. Los vecinos del barrio, con frecuencia, sacaban mangueras para humedecer la vía y así amainar el polvo, que el inclemente sol secaba rápidamente y se volvía a lo mismo. La 13 era una calle ancha, sin pavimento, antes de los Juegos Panamericanos, esta justa deportiva, fue una bendición para Cali: trajo consigo el desarrollo urbanístico de la ciudad y dinamizo su progreso.

El constructor de vivienda, Carlos Millán, padre de mi querido  condiscípulo de bachillerato, Carlos Adolfo Millán Potes, había adquirido un lote de terreno en esta antigua hacienda, cuya propietaria era Doña Martha Quevedo. Cuando fueron a protocolizar la escritura, el notario, que era el poeta palmirano Ricardo Nieto, les pidió que habría que colocarle necesariamente un nombre al sector, donde se ubicaba el lote comprado, para que figurara en la escritura. Fue una coincidencia, pero aquel día se celebraba un año más de la épica Batalla de Junín. Esta batalla, fue clave en la independencia del Perú, de la Corona Española, en 1824. Don Carlos Millán, que era muy bien informado de la historia, sugirió el nombre Junín en honor a la batalla. Así fue bautizado mi barrio: ¡¡Junín!!

La calle 13 era una gran vía y se componía de dos calzadas, divididas por gigantescos arboles de mango y caucho, el separador era un terraplén a otro nivel. La música que emanaba de la fuente de soda "La Parisién" sonaba estridente, igual la música del "Osito Musical": Joe Quijano y Richie Ray estaban presentes. En la esquina de la 23 con 13, había llegado una pareja conformada por el francés Jackes Tibau y la ecuatoriana Margaret Bustos, esta pareja fundo la emblemática fuente de soda “La Parisién” y el icono publicitario era la Torre Eiffel. Margaret era una mujer muy elegante y permanentemente bien maquillada, el francés era un tipo bajo de estatura, muy descuidado en su aspecto personal, y no gustaba del baño. “El Osito Musical” era un bailadero que fundó el Folklorista Hernán Barrios, quien fue que llevo nuestras danzas por toda Europa e hizo famosa la Cumbia el Mapale, el Sanjuanero y demás aires autóctonos. A estos dos sitios llegaban los muchachos de la gallada del "Triangulo", con Franklin a la cabeza, los de "Marquetalia" y "El Parche de Junín". Se formaban los tropeles entre galladas, a puño limpio o con guayas, eran duelos decentes y varoniles.

Antes que jugar al trompo quiñador, las bolas, la lleva, los cinco hoyos, el escondite, a la correa y el cojín de guerra, jugábamos a adivinar el número del bus Amarillo que pasaba y su conductor. Escuchábamos los crímenes del "Bandido de la luz Roja" Gary Chesman, las aventuras de Chan Li Po, e íbamos a Gorriones al Estadio. Sentados en gallada en el andén y con 12 años de edad, decía Bruno Díaz el hoy actor y mítico personaje de la novela el Gallito Ramírez: ¡¡ahí viene el diez y siete y lo conduce don Plutarco!!, no, ese no es el 17, es el 25 y lo conduce don Lisandro, brincaba Américo Quintero, hoy destacado biólogo, Pedro Shang, el publicista, que era un poco mayor que nosotros, con su infaltable cigarrillo en la boca  decía: yo creo que es el 32.

Ya había pasado la devastadora  explosión del 07 de agosto de 1956: siete camiones tequiados de dinamita explotaron en la calle 26, por la imprudencia de un cabo del ejército al prender un cigarrillo. Imprudencias tradicionales del ejército colombiano. Más de tres mil muertos ocasiono la explosión. Cali se sumió en la oscuridad, así como se sumió el planeta, cuanto un meteorito impacto la península de Yucatán México: la tierra se oscureció, vinieron las heladas y desaparecieron los Dinosaurios sesenta millones de años han pasado, desde aquel infausto hecho. Ya nos había visitado Jhon F Kennedy y Jacqueline Lee Bouvier, que era la pareja presidencial más famosa de la época. La violencia partidista venía desde el asesinato del Caudillo Liberal, Jorge Eliecer Gaitán. Durante el Gobierno de Rojas Pinilla, se desmovilizo la Guerrilla Liberal, comandada por Guadalupe Salcedo. Como es costumbre del estado Colombiano, no cumplir lo pactado, eliminaron a Guadalupe y en respuesta a ese hecho, vino el bandolerismo o los "Chusmeros", en cabeza de  "Chispas", "Sangre Negra", "El Capitán Venganza", "Desquite, Tijeras", "Tarzán", "Pedro Brincos", "El Mariachi", "Siete Colores", "Veneno" y Pedro Antonio Marín “ Tirofijo”. Casi todos fueron dados de baja menos “Tirofijo”, en el gobierno de Guillermo León Valencia (1962-1966). Nacieron la Fuerzas Armadas Revolucionarias Farc-EP. Nuestra generación no ha conocido la paz, es por ese motivo, que me parece tan extraño cuando un contemporáneo se opone al proceso de paz. El empate de Colombia con Rusia 4-4, en el mundial de 1962 nos emocionó mucho, la sociedad caleña se había espantado con el crimen de Lennis y Mejía en el 10-15, cometido por Pedro Luis Correa.

La sombra del “Monstruo de los Mangones” nos perseguía donde quiera que fuéramos. No nos dejaba conciliar el sueño, lo veíamos por todas partes y teníamos pesadillas con él. “El Monstruo de los Mangones”, les servía a nuestros padres de arma disciplinaria y garrote disuasivo, para mandarnos a la cama temprano. Después de una larga sección de cuentos tenebrosos, cuyo personaje central era El Duende, nos íbamos a dormir con miedo. El Duende era personificado por un negrito enano, con un gigante sombrero que lo arropaba y si acaso, le dejaba ver la última parte de sus extremidades inferiores, con sus pies descalzos. El Duende era la alegoría de la maldad. Por su culpa, muchas veces me salí de la cama  buscando pasar la noche al lado de mi madre como paliativo, pero era devuelto en el acto, por mi padre, porque los hombres no deberíamos sentir miedo ni llorar, “eso que usted está haciendo, es cosas de niñas” me dijo. Yo soy un varón papa, le respondí ofendido en mi masculinidad, pero es el miedo al Duende, le ripostaba.  Nos acostábamos horrorizados y tocaba madrugar a nuestra Escuela Pública “República del Perú”, todas las Escuelas tenían nombres de países Latinoamericanos, la mía, estaba ubicada a cinco cuadras de mi casa, situada en la carrera 22ª con calle 13. Allí fundamos el Barrio Junín

Camino hacia la escuela a pie, el horror era poder toparnos con “El Monstruo de Los Mangones”. No era una leyenda ni era un mito, era una realidad: decenas de niños aparecieron muertos en los extensos lotes de los barrios. Su frágil y pequeña osamenta, la encontraba la policía, guiada por el olor que producía la descomposición de los cadáveres de niños raptados por “El Monstruo de los Mangones”. Era una especie de Garabito de principios de los años sesenta y todo lo cubría una aureola de misterio, que arrugaba el alma.

Muchas hipótesis se tejían acerca de quién era el autor de estos crímenes. La más pintoresca era, que don Adolfo Aristizabal empresario Paisa, propietario del Hotel Aristi de Cali, lo aquejaba una grave enfermedad en la sangre y necesitaba beber sangre fresca y tierna. En su mansión del Cerro de los Cristales, en la parte alta, donde hoy se localiza la Universidad Libre esperaba la sangre para paliar su enfermedad. Esta leyenda Urbana se regó como un polvorín. Decía la leyenda, que don Adolfo exceptuaba la sangre de niños negros, porque "se contaminaba", como si ya no lo estuviese lo suficiente. Esto me dio un gran alivio, porque el niño negro, no era blanco de su supuesta criminalidad.

Ya con este pasaporte, me iba a pescar “Gupis” atrás del Hipódromo con mis amigos. El Hipódromo, ocupaba todo lo que hoy es las canchas Panamericanas. No existía la Autopista Sur. Todo era bosques con Ceibas gigantes, arboles de mangos, Cambulos, rocas inmensas y pájaros de todas las clases. Era una biodiversidad impresionante. Existía un caño de aguas lluvias, que separaba la tapia del Hipódromo, con un camino que iba hasta Meléndez, lo que hoy es, el campus de Univalle. El caminito nos llevaba hasta al rio Meléndez donde nadábamos y jugábamos hasta quedar extenuados. En el Caño, se criaba el “Gupis”, que era un pececito multicolor que nos encantaba, nosotros los depositábamos en bolsas con agua y los traíamos para la casa, junto con los pájaros que tumbábamos con las caucheras, los “Gupis” morían muy rápido. Los pájaros Pellares nos perseguían, porque les tirábamos piedras, ellos en respuesta a la agresión nos tumbaban a picotazos, éramos felices con eso, capturábamos sapos, luego los rajábamos vivos, para observar que tenían adentro. Nuestro motor era la curiosidad. Matábamos ratones, cazábamos mariposas y correteábamos lagartos. Siempre nos acompañaba el latente miedo a la aparición del “Monstruo de los Mangones”.

Seguían y seguían apareciendo esqueletos de niños desaparecidos en los Mangones de Cali. Las noticias, por radio El Sol, eran alarmantes. El Padre Alfonso Hurtado Galvis, a través de su programa “La Voz del Prójimo” alertaba a nuestros padres, restringir nuestras salidas era una prioridad. La orden de padres y profesores fue contundente: ¡¡no más calle!!. Los padres y los profesores, trabajaban mancomunadamente y la orden de un profesor era acogida serenamente por los padres. Nunca un padre de familia desautorizaba a un profesor. Tuvimos que recogernos un tiempo y no volver al Hipódromo. Los que no se acogieron a la advertencia fue Diego y Delio, compañeros de pupitre, estos siguieron visitando la parte trasera del Hipódromo. Cierto día Delio y Diego no aparecieron en la escuela, suponíamos que habían capado clase, para irse  al bosque a jugar con los Pellares, pescar “Gupis” y coger sapos para luego rajarlos. Moríamos por un “Gupis”, el pescadito multicolor, más que por el difícil caramelo con la esfinge de Iroldo de Souza Oliveira, jugador brasilero del Deportivo Cali.

Pasado el tiempo "Mincho Peñaranda" que era un niño muy despierto y era compañerito nuestro, también había faltado a la escuela. Él, los acompaño y estaba con ellos en el caño, nos dijo que cuando Diego y Delio se encontraban atrás del Hipódromo, pescando “Gupis”, se les acerco un señor alto, de pelo largo y mestizo, les ofreció que en su casa les daría una bolsa llena de “Gupis”, me imagino la alegría de Delio y Diego. "Mincho" no se dejó "picar arrastre" y se regresó a casa. Los dos compañeritos, tomaron el caminito con el desconocido, que los conduciría al Limonar. ¡¡La mano del Monstruo de los Mangones se hizo presente!!. Nunca regresaron, ni nunca aparecieron los restos de Delio y Diego.
Por | Germán Peña Córdoba

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