¿Cuándo empezó la vulgaridad?

17 de febrero de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Una semana que apenas yendo por la mitad ofrece un escándalo frívolo por el estilo del que protagonizaron la señora Dávila, de Semana, y el señor Nassar, de Presidencia, no sería lógico que terminara mejor ni tampoco que hubiera empezado con alguna decencia en esas artes marciales del entretenimiento. Inauguró esa gazapera la señora Salud Hernández — ¡qué casualidad!, también de Semana—, cuya última columna sobre Aida Merlano recomienda a las autoridades colombianas “dejársela a los venezolanos para que se la disfruten”. La polisemia del verbo “disfrutar” es bastante capciosa en este caso, pues la señora Merlano, sotto voce, es una convicta sex symbol cuyos atractivos físicos todos nos habíamos impuesto tácitamente omitir en alusiones periodísticas, para no incurrir en sexismo, pero que la señora Salud quebrantó con lenguaje celestino, muy por el estilo del Tino Asprilla. Hay gente que dice que estos episodios grotescos desacreditan a Semana, pero los directivos de esa revista no parecen molestarse por ellos, como si quisieran auspiciarlos. Deben estar buscando un nuevo público, cercano al supramundo de las redes sociales, que no es tan infra como muchos se lo creen y que, entre otras cosas, parece haberse convertido en la educación sentimental de estos comienzos del siglo XXI.

Lo del mal hablar viene de antes: la señora Amparo Grisales lleva meses alzándoles la voz a los cantantes de Yo me llamo y también a uno de sus compañeros de jurado. Ese parece ser el secreto de la sintonía de ese programa y la prueba es que por cada temporada le arrojan a la fiera una nueva carnada humana para que la insaciable presidenta del jurado se la devore. Por su parte la señora Marbelle vive en una sola furrusca, obscenidades incluidas, con quienes le critican un traje u objetan una foto de su hija. Ahora incluso es una teórica del arte. El abogado De la Espriella le hace una llamada intimidatoria a una científica extranjera, académica de la UIS —la doctora Elena Stashenko—, porque denunció la presencia de diclofenaco en el medicamento Doloded. Este excéntrico personaje ya se atreve hasta con la ciencia. Por supuesto lo que da incremento de lectores en los pasquines online es la descomposición del lenguaje. Cada madrazo monetiza. Silvestre Dangond se la pasa todo el tiempo en el escenario agarrado de la bragueta y desafiando concurrentes a sus espectáculos: “Si tú me miras a mi mujer yo te quito a la tuya y le doy, y le doy, y le doy...”. ¡Qué es esto! Pero aparte de eso, se la pasan ostentando sus aviones recién comprados, sus mansiones, sus piscinas. Muy burdo todo eso.

Algo ayuda a orientarlo a uno el hecho de que todos estos patanes aludidos son ideológicamente clasificables. Y que su tótem fue el que un día dijo: “Le voy a dar en la cara, marica”. Desde entonces su vulgaridad no la para nadie. La de ellos, porque un mamerto soez no se consigue ni para remedio. Y ni siquiera gente de centro.

Desde cuando se manifestó el coronavirus en China, hace más de 20 días, 15 estudiantes colombianos no han logrado que el Gobierno los evacúe de Wuhan, epicentro de la epidemia. Entre las opciones que les han ofrecido están cuatro tapabocas y siete tiquetes para que los rifen entre ellos. Esos pelados están casi solos, pues a sus compañeros de otros países ya los rescataron sus gobiernos. Habrá que cantar el himno nacional.
Por: Lisandro Duque Naranjo

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