Caminar en tiempo de cuarentena

9 de abril de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Un texto de Guillermo Salazar Jiménez
Cumplí veinte días confinado. Camino con mi esposa cuarenta minutos todas las mañanas en el jardín. Tiempo sin ver a otros. Hablo con los cuatro árboles que lo rodean y con las orquídeas florecidas, que ella protege. El coronavirus atacó la rutina, embolató el tiempo, no se trata de cosa natural. Nació en China y pronto se hizo nativo del mundo.

Al pasar por su lado, olfateo las mandarinas que cuelgan atentas a mi respiración. Pienso en la gente que incumple con los ruegos de estar en casa. Para muchos nunca serán medidas naturales porque necesitan de la calle para subsistir —vendedores ambulantes e informales que invaden esquinas y avenidas—. Enfrentan la vida con la doble lucha, una por conseguir clientes y otra por no contagiarse.

Regreso y percibo el otro árbol cargado de naranjas. Brotan como las noticias sobre el aumento constante de los contagiados y los muertos que frenan los pasos. Pensar en aquellas personas que se ven obligados a salir a la calle, trastoca la rutina. En el fondo creo que comparten el objetivo de enfrentar la Covid-19, salvo que ellos lo hacen desde el sitio que las ciudades les ofrece para ganarse la vida. A su manera desafían el virus, su salud deja de ser tan natural como la siento yo. Pienso en Bertolt Brecht —poeta y dramaturgo alemán, creador del llamado teatro dialéctico—: “No aceptes lo habitual como cosa natural./Porque en tiempos de desorden,/de confusión organizada,/ de humanidad deshumanizada,/nada debe parecer natural./Nada debe parecer imposible de cambiar”. De su poema No, algunos tratadistas lo titulan No aceptes.

Jamás imaginé que una sola planta pudiera alegrar la vida en encierro. Además de las cincuenta y siete flores, cuento quince cogollos por reventar. Sus colores lila fuerte brillante y claro se dejan adornar de dos ojos amarillos con blanco. Se trata de la orquídea Catleya Trianae —la flor nacional desde 1936 según la Academia Nacional de Historia, en honor del naturalista José Jerónimo Triana—. Su aroma suave hace creer que los cambios futuros los podemos construir entre todos. Que Colombia no será igual, que nuestra obligación con los nietos será dejarles una vida distinta a la de antes del coronavirus. No podrán perpetuarse el frenesí con que destruimos la naturaleza y la carrera loca por acumular riqueza sobre las necesidades de la mayoría.

De nuevo Brecht recuerda la fuerza con que debemos emprender un nuevo camino. En Elogio de la duda: Hete aquí que un día coronó un hombre./Una cima inaccesible./Y un barco alcanzó el confín/Del mar infinito./¡Hermoso gesto, sacudir la cabeza./Ante la indiscutible verdad!/¡Qué valiente el médico./Que cura al enfermo desahuciado!/Pero la más hermosa de todas las dudas,/la de los examines, la de los desesperados./Que levantan cabeza./Y dejan de creer./En la fuerza de sus opresores.

Cumplidos los cuarenta minutos y antes de iniciar los ejercicios de fortalecimiento, doy la vuelta por el árbol de limón y regreso hasta el guayabo, donde vive la flor nacional.

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