Reflexión - Domingo de La Misericordia, 19 de abril de 2020

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(Juan 20, 19-31)
Bienaventurados los que crean sin haber visto. Jesús dice una realidad de la vida espiritual: quien es de Dios experimenta su presencia, de modo muy especial, a través de la paz que trae el Espíritu Santo y que viene a ser fruto de la vida de oración, de la vida sacramental, particularmente, en el sacramento del perdón o de la misericordia –la Confesión-, y del encuentro con la Palabra y el prójimo. No puede existir la paz fuera de la persona, si no existe en el interior de la persona misma; no se ama lo que no se conoce y no se habla de lo que no se sabe; del mismo modo, no se puede ser pacífico y misericordioso si en la vida interior no reina la presencia soberana, silenciosa y discreta del Señor, el buen Dios que es Espíritu de Vida Nueva y “apaga el fuego del rencor, odio y resentimiento”. Hablamos de misericordia bastante, pero, más que discurso, es el estilo de vida propio de Jesús, según lo vemos en el Evangelio: “vete y no peques más”, “perdónalos porque no saben lo que hacen”, “ve y haz tú lo mismo”, “bienaventurados los misericordiosos…”, “toma tu camilla y echa a andar” …  Jesús no vino a juzgar, sino a salvar, pero, la salvación exige de nuestra parte una respuesta seria, sincera, honesta, coherente y sin ambigüedades. “Jesús en Ti confío.”
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"Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a ustedes». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

¡Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!

P. Rodrigo Gallego Trujillo,
Párroco de la Catedral san Pedro de Buga

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