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11 de mayo de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo
No hay ninguna diferencia entre el adjetivo de “atenidos” que les dio la señora Marta Lucía Ramírez a los hambreados que claman por comida, o por subsidios, desde los barrios, y la frivolidad con que el presidente, en una moñona del fin de semana, desembolsó $9.000 millones para carros blindados y $9.000 millones para municiones del Esmad. Cualquiera traduce estos gastos como inoportunos, pero por supuesto tienen su lógica: son previsiones del Gobierno ante la eventualidad de que colapse el país -y digamos que hasta el mundo-, luego de que el COVID-19 haga trizas (ahí sí) el modelo de mercado y de sociedad que nos ha conducido a esta patología. Porque a estas alturas nadie puede negar que el corona virus es un derivado de la depredación del medio ambiente, una venganza del planeta frente a las fuerzas del mercado que no respetan los nichos sagrados de la naturaleza. En todo caso esas platas son una chichigua si en realidad son para enfrentar a las hordas de “atenidos” cuando la indignación de su hambruna las saque a las calles. Ahí se sabrá que los atenidos son otros.

El mismo fin de semana, el presidente había hecho un “préstamo blando”, que es como se le llama a un donativo, de $226.000 millones a los “agricultores”, teniendo buen cuidado de que el 94 % de esa cuantía fuera para los grandes propietarios de la tierra. Se replicó, pues, el virus de AIS, en plena vigencia del corona virus, con la diferencia de que Andrés Felipe Arias no necesitó encerrar a los colombianos en su casa. En esa época no era necesario, pues la pandemia de entonces era apenas de resignación.

Aunque da pena agregarlo, ya que es inverosímil, tocará contar que en esa piñata presupuestal el presidente se auto-giró $3.350 millones, raponeados a la paz -de frente, pues el decreto mismo lo confiesa-, para “posicionar” su imagen personal como mandamás de esta parroquia. Algo así como robustecer su “carisma” para enfrentar las novedades que le esperan a este país desmantelado: Duque se siente el Churchill contra la post-pandemia. La verdad es que inflar la reputación presidencial con plata es como llenar un costal a punta de agua.

Simultáneamente se “flexibilizaron” los trámites -sobre todo para consultas con las comunidades- respecto a licencias para minería extractiva. Cuentan que también se chorrea glifosato y se practica fracking. Bueno, y se chuzan teléfonos. Quién iba a creer que los asaltantes le darían ese uso a los tapabocas. Rinde el trabajo en Palacio y ni siquiera necesitan las sombras.

Tan escaso es el repertorio del presidente, salvo para lo que no sea honorable, que para informar de una medida apenas obvia y penosa, apareció en la televisión con toda la parafernalia de una primicia memorable y dijo: “Se les pagarán a los médicos los salarios atrasados”. ¡Buena esa! Habemus presidente.

Y mientras tanto los presos, los peor tratados entre los “atenidos”, se infectan por docenas. Ellos son la joya de la corona virus. Y encima de eso los trastean para que contagien a los de otras cárceles. Ya el solo hecho de que estuvieran hacinados, en una proporción de cuatro a uno, antes de la pandemia, era de una vileza extrema, pero el trato que reciben ahora confirma lo pervertidos que son la ministra, el fiscal y el dueño del Inpec. En realidad, estos funcionarios son unos verdaderos doctores Mengele. Y uno sin creer en la maldad, qué vaina.

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