Reflexión Dominical ― 7 de junio de 2020

6 de junio de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


La Santísima Trinidad
(Juan 3, 16 - 18)

Hemos terminado en tiempo santo de la Pascua con la solemnidad de Pentecostés; ahora hemos iniciado el Tiempo Ordinario que va hasta el mes de noviembre. Y durante estos próximos días vamos a tener varias solemnidades, muy bellas, que nos ayudan a comprender mejor el misterio de Dios; entre otras, tenemos la Santísima Trinidad, Corpus Christi, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote y el Sagrado Corazón de Jesús. Son momentos de la liturgia muy bellos que nos mueven a enamorarnos mucho más de nuestro Señor.

En este domingo tenemos la solemnidad de la Santísima Trinidad; es el misterio central de nuestra fe cristiana; no es fácil de comprender, pero, accesible a través de la vida de la oración y de la fe. No se puede amar lo que no se conoce, por lo tanto, no podemos llegar a amar a Dios real, profunda y vitalmente, si no lo conocemos y esto es posible porque, gracias a Él mismo, tenemos en el corazón “la capacidad por Dios”.

Cuando decimos Trinidad, estamos haciendo profesión de fe en el solo y único Dios que se reveló en el Antiguo Testamento, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob; el Dios que tomó rostro humano en Cristo Jesús; es el mismo Dios – Espíritu Santo que vino en Pentecostés para ayudarnos a comprender la verdad plena de Dios.

No estamos frente a tres dioses, sino ante Tres Personas distintas, pero un solo Dios y único Señor a quien adoramos porque se merece de nuestra parte lo mejor. Busquemos siempre orar cada vez más y más para adentrarnos en la contemplación del Señor; esto nos será de mayor utilidad para comprender a Dios que, simplemente, buscar la manera de entender con el capricho personal de una razón que busca satisfacción a curiosidades muy humanas. A Dios se le ama y se le comunica con la alegría de la vida.
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Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

¡Gloria al Padre y al Hijo al Espíritu Santo!

P. Rodrigo Gallego Trujillo
Párroco de la Catedral de Buga

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