Yo, en conflicto

4 de junio de 20200 COMENTARIOS AQUÍ

Un texto de Guillermo Salazar Jiménez
Después de releer las medidas tomadas se creyó cautivo de quienes decretaron la cuarentena. Establecieron la reclusión para ‘los abuelitos’. Otros decidieron por mí, pensó, no camino en la calle cuando quiero, tampoco tomo café con mis amigos. Me negaron las visitas y los abrazos de los hijos y nieto. Ya no soy yo, concluyó.

Con el  tiempo, su yo apacible dio paso a la crítica. Varias medidas le parecieron apresuradas, casi dictatoriales. Buscó a Augusto Roa Bastos, escritor paraguayo, que detalla al déspota de este país, como argumento metafórico de otras figuras despiadadas de América Latina, sus crímenes y miserias, en el libro Yo, el supremo —premio Cervantes 1989—.

Se vio agredido por las medidas sin sentido, sintió que perdió la libertad hasta para salir con su esposa. Después de dormir en la misma cama y sentarse a comer al lado de ella, solo puede salir uno por familia. ¡Qué contradicción! Recordó la película y buscó el libro de Robert Graves. Más que la historia gloriosa  y cruel de la Roma imperial, relatada en Yo, Claudio, le llamó la atención el conflicto entre la libertad republicana —Claudio— y el orden y la estabilidad imperial —Libia—.

Difiero con varias medidas de la clausura, dijo, la paciencia tiene sus límites. ¿Confidencias, estrés, trauma? Pensó que era conflicto. Dudó si las medidas para postergar la cuarentena fueron dictaminadas mientras pasa la COVID-19 o se volverán permanentes, como pasó con el 4 por mil. El trauma también es del nieto, solo puede salir media hora 3 veces semanal a jugar pero sin balón. Se preguntó: ¿Por qué no 45 minutos, lo que dura un tiempo del partido?

La falta de abrazos y de conversar cara a cara con familiares y amigos se convirtió en una pesadilla para su yo expresivo y amigable. Consideró que no tiene comparación los 60 días con los 4 en que el libro Ego y yo relata las novedades vividas por dos amigos, sin contar para nada con ellas —Yolanda Regidor. Premio Jaen de novela 2014—.  

Se vio en esa caricatura que muestra un abuelo enjaulado. Su yo prisionero, que acepta sin protestar las normas impuestas: “Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que sufra daño…”, leyó parte del comentario del libro Yo, robot de Isaac Asimov, 2009. También se vio como robot obediente de las leyes dispuestas por mentes mecanizadas u obedientes a órdenes del mercado internacional.

 Dispara, yo ya estoy muerto. Encontró en este libro de Julia Navarro un reflejo de su situación de encierro obligado; un desplazado por viejo. Leyó lo que dijo la señora Miller: “Intentamos evaluar el estado de los desplazados, y si las causas que han provocado el conflicto están en vía de solución, o cuánto puede durar su situación, y si lo creemos conveniente instamos a los organismos internacionales a que adopten medidas para paliar”…su sufrimiento.

Decidió dormir y dejar para después la lectura del libro Yo soy Dios de Giogio Faletti.

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