240 presunciones de inocencia

24 de julio de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Tratándose de un acusado de cualquier delito, todo el mundo, principalmente los jueces, deben presumir la inocencia hasta cuando haya pruebas o confesión de parte. Solo cuando estas existan, el acusado deja de ser inocente y puede ser condenado.

Hay un personaje sobre cuyo nombre se acumulan tantas presunciones de inocencia por diferentes delitos, que uno se extraña de que ninguna de ellas, aunque fuera por aproximación, logre dar en el blanco de la prueba reina o de la culpa. ¿Cómo es posible que alguien tan cercano a la sospecha, en tantas épocas y lugares, por hechos punibles tan diversos, y aunque cuente con tantos abogados, no haya incurrido en algún error? Dudo de que ese personaje sea demasiado perfeccionista y que en virtud de eso no haya dejado huella alguna de su vasta y promiscua trayectoria criminal. Soy lector de novelas policíacas y, aunque entre mis preferidas no están propiamente las de Agatha Christie, me atrae de esta autora el que en sus obras, de comienzo a fin, hay una sucesión de falsos culpables —el primo del muerto, el buscador de fortuna, el heredero ilegítimo, la amante— que terminan resultando libres de culpa, para al final descubrirse que el asesino fue el mayordomo. En cambio, a propósito del personaje de quien me ocupo, quienes caen son el jefe de seguridad, el primo, el ministro, la asesora, el general, etc. El resto se fugan a tiempo, y el autor intelectual, el personaje, a quien servían reos y escapados, permanece incólume. El autor policíaco más de mi gusto es Georges Simenon, creador del inspector Maigret. En las obras de Simenon, el culpable se conoce desde un principio, y por lo regular termina exhausto de huir y se entrega. Y eso que la conciencia lo acosa por un solo crimen apenas, mientras que nuestro personaje sobrelleva 240 presunciones de inocencia por todo un surtido de actos punibles: aeropuertos ilegales, Convivir, finca La Carolina —una especie de pavorosa casa de Usher—, El Aro, La Granja, zonas francas, falsos positivos, Comuna 13, AIS, una violación carnal, Pedro Juan Moreno, helicóptero de Tranquilandia, “chuzadas”, y para no fatigar al lector se puede dar un salto y cerrar la lista en las 103 hectáreas aquellas, una de sus penúltimas hazañas. Es obvio que un espécimen de esas condiciones tiene un poder de arrastre enorme entre los delincuentes que se le arriman, pues allí encuentran encubrimiento y, sobre todo, figuración en listas y manos sueltas en contratos y nóminas. Casi podría decirse de este personaje que, para identificarle las villanías, bastaría agarrar un código, escoger las que no ha cometido y quedarse con el resto. Se ganaría tiempo.

Habría que pensar en enriquecer el repertorio de figuras jurídicas castigables —que éticamente hacen falta, y no solo para él—, lo que permitiría pillarlo colectivamente en tal cantidad de flagrancias que harían viables varias condenas. Aunque sea por cuotas de semanas, que en su caso sumarían años. Por ejemplo, lo que dijo cuando el beisbolista Rentería le regaló su bate metálico y exclamó, blandiendo ese armatoste: “¡Ah, bueno esto para golpear a los ladrones!”. O aquello de que “a los ladrones hay que hacerles gavilla”. Y así, pasando por “no estarían cogiendo café”. Se cuentan por docenas en su historial esas incitaciones al crimen, que el populacho ha obedecido.



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