Los muertos silenciosos

20 de julio de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Creo que influye mucho en la indisciplina de la gente durante la cuarentena —eso de armar pachangas “clandestinas”, por ejemplo— el hecho de que ni los muertos ni los entierros son visibles. De repente los fallecimientos y las ceremonias fúnebres —motivos ancestrales de convocatoria para disertar en grupo sobre la brevedad de la vida y filosofar acerca de la eternidad— comenzaron a ocurrir en la penumbra, incluso en secreto y sin que necesariamente el difunto haya cumplido el requisito de morir de COVID-19. Casi que hoy en día no se muere, sino que se desaparece. Y enfermedades distintas al coronavirus parecieran cosa del pasado o monopolizadas por ese mal de moda. “Tenía cáncer, pero como eso le afectaba los pulmones, pues se la llevó el virus”, se dice. Los cadáveres ya no salen por la puerta de la funeraria, negocios estos clausurados como los restaurantes y las salas de cine, pues no hay exequias —tan prohibidas a su vez como los conciertos—, sino que son sacados subrepticiamente por un pasadizo, con un acompañamiento exiguo, hacia quién sabe qué horno crematorio o fosa.

El no poder constatar que alguien ha expirado, y no sentir ni rezos, flores, llantos, carros negros, deudos, etc., impide hacer tangible ese momento final y le resta solemnidad a lo póstumo. Semejante bajada de estatus a la fatalidad produce la sensación de que la muerte ha dejado de existir. Y como además casi todos los extintos durante la cuarentena llevaban sus meses sin ser vistos por parentela y amistades, el duelo para estas se hace más llevadero. En cuanto a la calamidad hospitalaria, con infectados tirados en los pasillos por falta de médicos y de camas, es obvio que las prohibiciones de ingreso a más de dos dolientes por enfermo le permiten al establecimiento mantener en lo furtivo la saturación dantesca de personas en estado crítico o terminal. El genocidio perfecto.
En estas circunstancias, y no necesariamente por indisciplina social —aunque también hay de eso—, es comprensible que los todavía aliviados —o como se les dice ahora, los asintomáticos— se crean que la muerte es mentira y que la Organización Mundial de la Salud es un antro de conspiradores. Además de que en las cifras diarias que se televisan aparecen más “recuperados” que infectados y fallecidos, lo que les permite a los optimistas creerse inmortales, de modo que arrojan el tapabocas.

Así las cosas, no debe sorprender que haya tanta rumba. Lo báquico puede deberse a la incredulidad en la pandemia, pero también al hecho de que, por sentir temor ante ella, se acude a la fiesta a manera de despedida dramática por constituir un penúltimo acto de la vida: “Para tres días que vamos a vivir...”. También para experimentar ese nihilismo azaroso pueden perfectamente decidirse muchas personas a aprovechar el día sin IVA para irse a comprar su sueño de siempre: un televisor de 65 pulgadas.

Lo curioso de todo esto es que esos extremismos existenciales solo son propios de los pobres y la clase media. Una especie de circo romano en el que se juegan la vida frente a los pequeños emperadores y los grandes empresarios.
Y el detalle intelectual: en Comala, el pueblo de Pedro Páramo, solo los muertos transitan las calles y habitan las casas. Aquí, en esta ciudad del siglo XXI, los muertos se la pasan escondidos.

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