Los que aún viven

30 de julio de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Texto de Guillermo Salazar Jiménez

Dejó La mujer de tu prójimo, de Gay Talese, libro que convulsionó la forma de pensar sobre las costumbres sexuales de EE. UU. y Occidente del siglo XX, escrito por medio de su estilo riguroso de investigación y uso de la entrevista, como periodista modelo. Cerró el libro porque escuchó las últimas noticias sobre la COVID-19, lo alertó la rápida expansión del virus; pensó que los contagiados están atendidos, sin embargo, le preocupó la suerte que le espera a los confinados: ¿Qué piensa hacer el gobierno con ellos además de mantenerlos aislados? ¿Olvidarlos?

La cuarentena parece una realidad hecha ficción, recordó uno de los subrayados: “La ficción real son libros que cuentan la realidad con las herramientas de la ficción. Experimentos con la forma que respetan el fondo. Historias bien contadas, aunque sean verdad”. Las estadísticas del coronavirus no tenían en cuenta a los sanos, creía que estos debían estar mejor atendidos para prevenir que el país colapse.

Los 248.976 contagiados, 8.525 muertos y 125,037 recuperados, hasta el 27 de julio, aterran, pero contra los casi 50 millones de colombianos resulta obligatorio preguntarse sobre las medidas que, en el contexto de la epidemia, se ejecutan para atender las necesidades de los millones de personas sanas. Pensó que los pobres y desempleados sufren con mayor rigor la ausencia de tales medidas y que las ayudas no resuelven un problema multidimensional. Porque no solo resienten la ausencia de ingresos, también la falta de educación, salud, trabajo y oportunidades.

Según el DANE, en Colombia hay casi 10 millones de pobres, recordó a otras fuentes que los estiman en 16 millones; sin embargo, lo que resulta claro es la suma tan grande de necesitados, sin comida para garantizar su vida. Daivid Beasley, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, dice que “hasta el día que tengamos vacuna médica, la comida es la mejor vacuna contra el caos”.

 Pensó que en educación, las medidas de atención a los millones de personas pobres deben cubrir las necesidades tradicionales de cobertura y calidad, sin olvidar los llamados problemas endógenos de la exclusión educativa, como lo plantea el maestro e investigador argentino Pablo Gentili. Entre ellos expone la exclusión incluyente, definida como “el acceso a la escuela en condiciones desfavorables, insuficientes para revertir el aislamiento y la marginación”, la universalización sin derechos y la escolaridad degradada pedagógicamente, aquella en donde los niños pobres son atendidos por maestros sin formación pedagógica significativa, con escuelas deterioradas, sin materiales educativos, “bajo estrategias didácticas ineficaces e inoportunas y abordando contenidos de aprendizaje desligados completamente de sus contextos de vida”.

Millones de niños y jóvenes dirigidos por maestros ausentes de la realidad que necesita estudiarse a conciencia. Bien dice Paulo Freire: “El educador y la educadora críticos no pueden pensar que, a partir del curso que coordinan o del seminario que dirigen, pueden transformar al país. Pero pueden demostrar que es posible cambiar. Y esto refuerza en él o en ella la importancia de su tarea político-pedagógica”.

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