Detestable indiferencia

27 de agosto de 20200 COMENTARIOS AQUÍ


Un texto de Guillermo Salazar Jiménez

Este agosto reemplaza el sol y los vientos de siempre por el frío, la cometa  mira y pregunta: ¿Cuándo podré volar la cometa?, ¿abuelo, qué le preocupa?

La lluvia pronto cesará, le expresó. Me preocupa tu futuro en la universidad. ¿Por qué?, dice. Qué difícil responderle porque desde cuando leí la noticia de los jóvenes masacrados en Valle, Cauca y Nariño, varios de ellos universitarios y deportistas, otros indígenas, sufro por la inacción gubernamental para detener esta eterna violencia que marca nuestro futuro. Qué le puede decir a su nieto un abuelo que desde su nacimiento, hace 72 años, no ha cejado de contar muertos en una cruel guerra patrocinada por intereses mezquinos, ahora disimulada por la indiferencia presidencial.

Mientras el nieto espera que la lluvia cese, pienso que el programa televisivo para presentar datos y realizaciones del gobierno contra el coronavirus podría también utilizarlo el presidente para convencernos de enfrentar una guerra contra la mayoría de los colombianos. Callar esta realidad de espanto es decirnos que no nos defiende ni la rechaza. Que este grado de indiferencia podría interpretarse como aprecio por los asesinos y desprecio por las víctimas. Que uno de los objetivos de este silencio oficial es transformarlo en silencio social y, con el tiempo, en indiferencia por la vida de los demás.

Mi nieto se entretiene con su carro de bomberos que choca contra la ambulancia, otro juguete. Leo el artículo La indiferencia como síntoma social, donde José Fernando Velásquez cita a Elie Weisel, premio Nobel de Paz en 1986, “…La indiferencia, después de todo, es más peligrosa que la ira o el odio. La ira puede ser a veces creativa. (…) Aun el odio a veces puede obtener una respuesta. La indiferencia no obtiene respuesta. La indiferencia no es una respuesta. Y por lo tanto, la indiferencia es siempre amiga del enemigo”.

Creo  que con la cuarentena la indiferencia se hace palpable como otra epidemia nacional, motivada desde la opacidad del presidente. Callar o no darle la importancia que merece la vida de sus gobernados, sin distingos políticos o sociales, se convierte en ejemplo negativo para quienes deseamos la paz, sin perder lo que nos resta de sensibilidad y respeto por la vida. Como decía el maestro Estanislao Zuleta “para mí una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos. De reconocerlos y de contenerlos. De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos”.

Mientras el nieto corre por la sala, la lluvia inapropiada de este frío agosto me motiva a pensar que tal indiferencia estatal es apoyo silencioso en contra de la justicia y de los masacrados. Nuestros muertos, título de la poesía de William Ospina: “No están en parte alguna, /ya son hierba y estrellas, /pero su sombra enturbia las palabras /y solo a veces pasan por la mente, /vagan por nuestras almas, reclamando /lo que nunca les dimos”.

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