Huellas imborrables

21 de octubre de 20200 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

Imaginé que descendió con su caballo Palomo a galope por el camino angosto del último tramo de su existencia. Este 12 de octubre, Día de la Raza, anunció a la familia que partía hacia el infinito a encontrarse consigo mismo porque su deseo de toda su vida, de todo su mundo, fue ser feliz e independiente. Lo hizo para sumergirse en el espíritu más lúcido de su responsabilidad laboral. Sus 95 años de existencia se resumen en que vivió por el poder de sus fuerzas y la inteligencia para enfrentar situaciones difíciles que compartió con su esposa, “mi muñeca”, el único amor de su vida.

Con siete años salió del hogar para emplearse como jardinero en la casa de los dueños de la finca donde nació. Con su madre quiso la tierra porque la amasó feliz con sus tiernas manos y amó los animales porque fueron sus amigos. Pasados los años, Palomo lo conquistó y ambos iniciaron un periplo de horas y días sin fin. Supo desde niño que sería un gran chalán, lo demostró cuando lo consideraron como el mejor jinete del pueblo.

En 1937 corrió asustado al ver un gusano gigante que botaba humo y llegó hasta la estación para indagar por la morada de aquel monstruo. El tren lo acogió, pero fue un señor francés quién le enseñó a reparar las calderas dañadas. Como obrero le declaró la guerra a la desidia porque detestaba estar desocupado. Con 18 años, en 1943, llegó a reparar las calderas de la empresa Bavaria y allí se aferró al trabajo hasta su jubilación, con tal dedicación que fue galardonado como el obrero que nunca faltó a trabajar.

Llegó a ser jefe de mecánicos en aquella empresa cervecera hasta que se topó con el mayor problema de su vida. No comprendí aquella desazón con la que me miró hasta su confesión: “Siento vergüenza de que se enteren sobre mi incapacidad de escribir, sufro en un día por lo que jamás sentí en veinte años”. Era el año 1963 cuando regresé a casa  de la Escuela Normal, me dijo que entendía planos y construía piezas para máquinas, pero que no sabía firmar para refrendar en la planilla el pago de su salario.

Creo que fue Borges quien le copió la expresión “lo importante no son las experiencias, sino lo que hace uno de ellas”, por ello me encargó la tarea de enseñarle a leer y a escribir. Nunca en mi vida de maestro encontré un alumno más aplicado y que le diera tan alto valor a la educación simplemente porque sus ocho hijos nos graduamos. A la tercera semana estampó su nombre tres mil trescientos en la hoja cincuenta de su cuaderno, me abrazó emocionado y agradecí a la vida su valor.

Imaginé que “cuiden a mi muñeca” fueron sus palabras finales este 12 de octubre mientras vi a mi padre soltar las riendas de Palomo para decirme con ambas manos el último adiós y perderse entre las nubes.

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