Tenga, presidente: minga

26 de octubre de 20200 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

  Así lo sentí y así lo digo: por supuesto que tanto la llegada de la minga a Bogotá, como su pernoctada en Cali y su paso por Armenia, Calarcá y Soacha podían ser un factor de expansión del contagio de COVID-19. También, las movilizaciones de no indígenas, convocadas para el 21 en varias ciudades del país. Evidentemente se puso en el nervio de las preocupaciones el dilema ese, casi metafísico, incluso nihilista, de la vida o la dignidad, de la enfermedad o la política. Y los contestatarios se decidieron, claro que con tapaboca, por la dignidad y la política. Pero la toma de las calles no fue propiamente el caos de un día sin IVA. Por el contrario, fueron dos jornadas —lunes y miércoles— contenidas, si es que eso puede decirse de la imagen épica de los indígenas trepados en los techos de las “chivas” con sus músicas, plumas, bastones de mando y trajes coloridos en alto, derrochándole estética vernácula a esta capital flemática. Pudo haberle mermado temor al bichito del murciélago el hecho de que gente muy sonada —Trump, Uribe, Barbosa, la señora “Charito”—, parece haber incorporado la enfermedad como un adorno de campaña, algo inofensivo. En efecto, a ellos, el coronavirus que supuestamente los afectó ni los tiró a la cama ni les produjo los desastres corporales y psicológicos que cuenta Héctor Abad Faciolince que padeció su hermana mayor, o que en un texto abrumador narra el magistrado del Consejo Electoral Guillermo Pérez, con quien el COVID-19 se ensañó en serio. No, el contagio que afectó a los mandamases fue una modalidad exprés, muy light —ahí sí una verdadera “gripita”—, de la que se recuperaron sospechosamente rápido. Quizá para vanagloriarse de su invencibilidad física y, en el caso de la senadora Guerra, para volver irremediablemente virtuales las sesiones del Congreso. Mejor dicho, falsos positivos, que en eso son expertos los cuatro. “Pacientes” como estos incentivan el descuido frente a la pandemia.

  Buena la pregunta de Gustavo Petro al presidente del Congreso, Arturo Char: “¿En el caso de encontrarse un infectado en alguna sucursal de las tiendas Olímpica, usted pondría en cuarentena todo el establecimiento, tal y como lo hizo con la sede del Poder Legislativo?”. Regular como actriz, ya en la sesión virtual del Senado, María del Rosario Guerra participó en la plenitud de su aparato respiratorio. Ni una tos de cortesía. Y uno armando cadenas de oración para salvarla de las inclemencias de la UCI.

  Ya entrados en la minga, podría decirse que si no actuaron los tales “vándalos” fue porque la policía, que es la que los lleva e incita, estuvo a distancia. Le tocó al Gobierno replegarse, pues había bastante vigilancia internacional. Además, la autoridad armada le tiene pánico a la guardia indígena, que es muy brava con esas armas simbólicas que empuña. En la vida real, por fin, tuve el regocijo de que ganaran los “indios”, lo que de niño no me fue dado cuando veía películas de vaqueros que masacraban a los sioux, los navajos y los apaches.

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“Lo que no borró el desierto”, libro de Diana López Zuleta, es un relato sobre cómo esta joven, hija de Luis López Peralta, una víctima de Kiko Gómez en Barrancas, Cesar, en 1997, desenmascaró al asesino de su padre y logró hacerlo encarcelar 16 años después. Entre sus virtudes literarias, está el hecho de ser un thriller.

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