¡Horrible pozo!

18 de noviembre de 20200 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

Muchos no creen que puede ensañarse con usted, otros lo desafían sin comprender cuán daño puede hacer, mientras él está a la expectativa para atacar al mínimo descuido. Solo bastó salir una vez en más de ocho meses de cuidados en mi casa para sentirlo dentro y sufrir por veintiún días tamaño tormento.

Asistí al funeral de mi padre el pasado doce de octubre y allí me aprisionó el virus. El diecisiete, cuando supe de resultados positivos en varios familiares, ya tenía los síntomas primarios y el diecinueve inicié tratamiento. Al confírmame como positivo el veintitrés de octubre el dolor en el cuerpo, los temblores y la fiebre me derrumbaron. Apareció Don Corona, lo sentí llegar sin permiso, me atrapó en sus garras y me lanzó a un pozo oscuro y húmedo. ¡Este es tu pozo!, me dijo y subió por entre las rocas.

En mi pozo recordé a Octavio Paz con Agua nocturna: “…Ojos de agua de sombra,/ojos de agua de pozo,/ ojos de agua de sueño./ El silencio y la soledad,/ como dos pequeños animales a quienes guía la luna,/ beben en esos ojos,/ beben en esas aguas”. Al tiempo que deseaba tomar agua para calmar la sed o algo caliente para repeler el frío aparecía Don Corona y me arrastraba por el piso del pozo. Quería demostrarme que aquel pozo era su ofrecimiento y mi rendición. Su mirada fiera indicaba que no existía opción diferente a aceptar el pozo a cambio de mi vida.

No podía salir del pozo y Don Corona arreció su disputa. Los fríos congelaban el cuerpo y producían dolores en manos, pies y espalda y, cuando llegaban al pecho, oprimían el corazón, como si hubiese sido encerrado desnudo en la nevera. Los temblores del cuerpo eran tan fuertes que confundía el ruido de las tablas de la cama con el sonido de las piedras del pozo. Aparecía el calor de la fiebre para empapar de sudor sábanas y piyamas.

Viene mi arma letal”, dijo Don Corona y con una espada me clavó la tos. El arma predilecta que dolía y hacía sufrir: al toser subía un relámpago desde mi estómago, pasaba por el pecho, caía en los ojos y descargaba su fuerza en la cabeza. Agotadas las fuerzas utilicé las palabras suficientes para recordar mi vida, familia y amigos. Con este grato recuerdo vi descender por las paredes del pozo unas lucecitas vestidas de blanco que me acariciaron y con delicados masajes me inyectaron la energía suficiente para continuar el viaje por los recuerdos.

Por fortuna mi hijo, internista y gastroenterólogo, se unió a los médicos de Coomeva medicina prepagada y de Humanizar para luchar por mi salud. La entrega incondicional de personal administrativo, médicos y enfermeras hicieron posible que la ciencia triunfara y que los medicamentos recorrieran mi cuerpo transformados en una palabra de ocho letras: gratitud.

Corrí con la suerte y voluntad para salir del pozo, sin embargo, queda la certeza que Don Corona tiene asignados otros horribles pozos más.


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