Palabras que salvan

25 de diciembre de 20200 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

    Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”, con esta frase Julio Cortázar me ayudó a pensar durante los días críticos vividos por culpa de la Covid-19. La fiebre, los fríos y el ahogo por la tos impedían que realizará cualquier otra actividad diferente a reflexionar.

      Deliberar conmigo mismo se convirtió en la tarea precisa para no dejarme vencer por el virus, de tal manera que transformar los recuerdos y las ideas en palabras fue el auxilio valioso para sentirme vivo. Pocas palabras que se repetían en mi cabeza al tiempo que la fiebre reemplazaba la tos pero que permitieron seguir adelante con la esperanza viva de mantenerme lúcido. En la tarea de imaginar palabras para escribir en mi mente encontré la mejor manera de luchar contra la adversidad y de fijarme nuevas metas en el camino por transitar después de sanar, porque “la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”, en El coronel no tiene quien le escriba.

     La atención médica cumplió su propósito pero mi lucha se daba en el intento por transformar en palabras lo que pensaba o sentía. Tamaño desafío en medio de la crítica situación de mí salud ya que el virus ponía una barrera para que no pensara ni construyera mensajes. Hubo días en que solo atinaba a responder hola o gracias, palabras sencillas pero mágicas, de alto significado cuando pensamos en su valor y su significado. El saludo con la palabra hola indicaba que persistía en salir adelante y con la palabra gracias demostraba al personal médico y a mi esposa el aprecio por lo que hacían.

    Como un escultor iba creando frases a partir de palabras transformadas en relatos que no solo revivieron experiencias pasadas sino que crearon historias con personajes imaginados que resultaron ser fieles compañeros en los días de tratamiento médico. Los diálogos inventados conmigo mismo me dieron la libertad suficiente para permitirme luchar contra el virus, fue como si los cuentos que me decía fuera una conversación entre amigos y los hechos narrados una experiencia digna de ser narrada. Al escucharme me entendía.

    Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus  horas”, con Pablo Neruda entendí la prisión por el coronavirus como el lugar para pensar mi pasado y recrear el futuro. El espacio que debía utilizar apropiadamente para transformar la pesadumbre en potencial fuerza para superar la adversidad. Comprendí que la memoria del corazón eliminó los malos recuerdos y con sencillas palabras cree el ambiente adecuado para saltar el horizonte infortunado establecido por el virus.

    Las palabras fueron pasando como sucesión de fotografías entrelazadas para tejer historias que, en medio de la dificultad, me permitieron valorar aquellas palabras como camino para seguir adelante con la enseñanza de Anton Chéjov: “El arte de escribir consiste en decir mucho con pocas palabras”.


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