Democracia fracturada

17 de enero de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Alberto Ramos Garbiras*

   Donald Trump desde que asumió el poder presidencial en los EEUU manejó a su antojo el aparato del Estado, desconociendo muchas normas y desdeñando los controles democráticos; excepto por la actitud recia de varios jueces que le frenaron decisiones arbitrarias; y algunos actos de altos funcionarios con cordura y sensatez que, por contradecirlo sufrieron destituciones fulminantes; mientras que Representantes a la Cámara y Senadores republicanos en mayoría congresional le coreaban, admitían y aprobaban exabruptos contra la población indefensa como los Dremers o los beneficiarios del Obamacare, para citar solo dos sectores.

   Sobre la democracia en los EEUU existen múltiples estudios. Ha funcionado con imperfecciones y arbitrariedades hacia adentro y con abusos y excesos hacia afuera imponiendo los presidentes en cada período y la clase política hegemónica, la conducción de la política internacional, avasallando con determinaciones impuestas dentro de las instituciones colegiadas de los organismos multilaterales como la ONU, y geopolíticamente ocupando o desmembrando territorios. Esto se presentó durante la guerra fría (1946/ 1989); y unilateralmente con asiduidad, durante los últimos 30 años (1990 / 2020), no han cesado, en un mundo donde no se ha restablecido la bilateralidad pese a los contrapesos que han ensayado Rusia y China; y la presión de la Unión Europea (UE) y otras agrupaciones estatales para marchar hacia la multilateralidad. En esos 30 años la globalización subsumió y asumió las conductas del imperialismo, afilándolas; entonces la economía de mercado con el neoliberalismo contribuyó a mantener esa hegemonía norteamericana.

   Donald Trump como presidente entre los años 2017 y 2020 aumentó los desequilibrios hacia afuera, abusó del poder y fracturó más esa Democracia que muchos veían o creían modélica al no comprender esos desequilibrios. Trump fracturó totalmente la Democracia en los EEUU al extremar una política racista por la supremacía blanca. Y al desconocer las reglas diplomáticas en las relaciones internacionales. Atrajo y sedujo electoralmente a una amplia población hasta llegar a 74 millones de votantes adeptos, con una impronta populista de extrema derecha por fuera de los mismos cánones y programas del partido republicano al que utilizó para ascender hacia el poder. Sin ser un militante tradicional de ese partido, ni un activista de jornadas proselitistas destacadas, logró llegar a dirigentes de la cúpula para participar en las primarias de preselección en el año 2016.

   La falta de compostura (mesura) de los partidos políticos, en especial de sus dirigentes, al llevar a cabo decisiones irreflexivas (con una política de odio), se llega a la polarización, a la crispación, estos son los actos que más afectan a la Democracia. Esa fue la conducta notoria de Trump durante los 4 años. En España está ocurriendo algo parecido con la oposición cerrera, intransigente el VOX y el partido popular (PP) contra el gobierno de coalición del Partido Socialista PSOE y Podemos, que preside Pedro Sánchez. Nada vale, ni sirve, hastiando a los ciudadanos en medio de la pandemia y la crisis económica. Lo mismo está ocurriendo en Colombia con una polarización acentuada desde el plebiscito del 2016 y los ataques a los acuerdos de Paz.

   Esos enfrentamientos extremos de los partidos políticos no solo los demerita a ellos, también van pulverizando las instituciones y desmejorando la Democracia: llevan a la violencia, las revueltas, y hasta rayan en conatos de una guerra civil. Así ocurrió en Colombia si miramos las causas de las guerras civiles de 1885, 1895 y 1899. Tres guerras civiles contra las imposiciones de una coalición llamada La Regeneración que, había montado un partido nuevo: El partido nacional (liberales y conservadores que se deslizaron de sus troncos políticos).

   Desconocer el equilibro de poderes en la estructura del Estado democrático es empezar a establecer el autoritarismo; atacar a los jueces, subyugar al Congreso, a burlar o desconocer a los órganos de control, o a cooptarlos para domeñarlos imponiéndolos para suavizar los controles al gobierno es una característica de las dictaduras civiles, de las dictaduras militares, o de los populistas de extrema, no del populismo moderado. O de otra clase de dirigencia desviada de los cánones democráticos, como ocurre con los clientelistas a ultranza dentro de los partidos políticos tradicionales en decadencia. El populismo de extrema derecha es rayano al fascismo no solo por la profundización de las exclusiones y la segregación sino por las medidas unipersonales desmantelando los controles y las veedurías.

   La forma de gobierno que implementó Donald Trump, con autoritarismo y negacionismo, la ejecutó a través de las redes sociales, distanciándose inclusive de la prensa tradicional (escrita, radio y  televisión) porque se sintió muy vigilado el primer año y para evitar rendirles cuentas semanales de sus actos. Gobernó a través del Twitter y los mensajes en las redes (Facebook, Instagram, un canal en YouTube y otras), abusando de los bulos, mentiras o fakenews, esto altera el discernimiento, señala a los opositores sin posibilidad de confrontación o contraste y confunde a la población. Deforma la realidad, afecta la convivencia, polariza la sociedad. Las mentiras sin freno dañan la Democracia, alteran la institucionalidad y enturbia la competencia electoral. Los líderes o jefes de Estado sino aceptan las reglas de la legitimidad, destruyen las instituciones y caotizan la vida política. Las luchas partidistas intestinas también horadan las bases democráticas, así lo han analizado dos politólogos de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt.

   El autoritarismo y la falta de moderación de Trump conllevaron al extremo de creerse invencible en el campo electoral, desconoció el triunfo de Joe Biden que obtuvo más de 80 millones de votos, ganó el reconocimiento del Colegio Electoral el 14 de diciembre con 306 escaños producto de la sumatoria de las mayorías en los estados de la unión, fueron inadmitidas las demandas que presentó a tutiplén por un supuesto fraude y llegó al extremo de fraguar un asalto de hordas trumpistas al Capitolio que entraron a sabotear la proclamación que debían hacer formalmente las dos cámaras pretendiendo que el Vicepresidente hiciere lo contrario. Se ha deducido por las investigaciones a esa toma violenta del Capitolio que la consigna era destruir las actas electorales de los registradores federales, secuestrar a Nancy Pelosi, al vicepresidente Pence, y truncar el acto de posesión de Joe Biden ante la falta del formalismo constitucional de la proclamación del Congreso, para crear un vacío de poder y proseguir con las reclamaciones agitando las masas trumpistas.

   Pretendía dar una especie de golpe de Estado atípico, una mezcla de pre-golpe de Estado y de autogolpe. El primero porque buscaba impedir la consolidación del triunfo y la iniciación del Gobierno de Biden al entorpecer el reconociendo del Congreso; el segundo porque de esta manera permanecería más tiempo en el poder mientras arreciaba el clima de violencia que podía llevar a una declaratoria de Ley marcial. Varios cables internacionales de noticias entre ellos la agencia EFE reseñaron esa opción que intentaría Trump con la asesoría de su asesor de seguridad Michael Flynn, con la creencia de que el presidente revestido de poderes a través de la ley marcial, ocupa los Estados donde perdió con las Fuerzas Armadas, para repetir las elecciones, pero el trámite pasa por el Congreso y tenía que conseguir una mayoría que no alcanzó a asegurar antes del 6 de enero.

   Lo que sucedió ese día fue el resultado del mesianismo y el populismo de extrema derecha, por permitir que un hombre ególatra, inepto e inexperto en el manejo de los asuntos estatales llegara a la nominación de un partido que tomó también por asalto y lo despedazó con una plataforma ideológica que no es la del partido Republicano. Los republicanos se ven ahora en la disyuntiva de sofrenar el impeachment o seguir el procedimiento de la Cámara de Representantes para inhabilitarlo, evitando que se presente en el 2024 como candidato con un partido nuevo y personalizado el que puede fundar con los 74 millones de electores que ostenta.

   (*) Magíster en Ciencia Política (Universidad Javeriana); PhD en Política Latinoamericana, Universidad Nacional de Madrid (UNED- España); profesor de las cátedras: derechos humanos y derecho internacional, en la Universidad Libre.


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