Ensayo para otro Palacio de Justicia

11 de enero de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   La democracia representativa actual ya no da la talla para expresar en las urnas resultados mínimamente confiables de las tendencias diversas y opuestas de la opinión de los votantes. Sobre todo, en EE. UU., con su doble escrutinio. Si Joe Biden le sacó una ventaja a Trump de siete millones de votos individuales y aún este le arma zafarrancho por un supuesto fraude, es porque ese sistema tiene una lógica electoral imperfecta. Sobre todo, en el país que se presume como “el campeón” del respeto a la individualidad, la cual no importa, pues lo que rige es la cifra que arroja un capcioso Colegio Electoral. Hay tantas conquistas en juego, no solo para el país sede de este entuerto sino para la humanidad misma, que ya va siendo tiempo de otorgarle a esta, derecho a participar en las elecciones estadounidenses e incluso en las de otras potencias cuyos destinos y decisiones inciden en la vida del planeta. No tenemos por qué seguir dependiendo de una antigualla localista como la de los Estados Unidos, pues su ley electoral data de 1876, después de la guerra de Secesión. Nada que ver con lo que es hoy. Por estar sufriendo los enredos de esa reliquia, los estadounidenses y nosotros y el resto de países somos quienes sufrimos los efectos —buenos o malos, más estos últimos—, según quien triunfe en las confusas elecciones de EE. UU. En los comicios de 2000, por ejemplo, cuyo ganador hizo trizas al mundo, Bush venció a Al Gore por una minucia ridícula en Florida motivada por Elián, un pequeño balsero cubano. Y ganó por ese tal Colegio Electoral, no por el sufragio individual; una desproporción.

   Esta vez Trump perdió en número de votos individuales y votos de ese Colegio. Una moñona. Pero no acepta ni esta ni aquella derrota. Esto ya es otra cosa. Ha arremetido con sus brigadas de macancanes rubios contra el Capitolio. Aquello parecía la retoma del Palacio de Justicia al mando de Plazas Vega: trepaban por las paredes como arañas, se descolgaban por los balcones y se repantigaban en las sillas de los directivos, incluida la del presidente del Congreso, mientras este, Pence (el vicepresidente) y los demás se escondían en túneles, baños y debajo de sus curules. Eso fue una réplica del 23-F español. Si no llevaron tanques —que todavía tienen tiempo de llevarlos de aquí al 20 de enero— fue porque apenas unos 30 policías del Congreso (casi scouts) le hicieron frente a punta de bolillos, mientras el ejército y la policía metropolitana bostezaban en sus cuarteles. Una imprevisión deliberada. Esa muchedumbre de bárbaros se puso de ruana semejante arquitectura, por cuyas calles, en días normales, no puede haber transeúntes mansos sin que los raqueteen y les estrujen la cara contra los muros. Esos “ángeles del infierno”, con sus tatuajes nazis y sus disfraces con cuernos de cazadores de búfalos —de los tiempos del western—, fueron reyes de esa jornada por un día, y en la noche, cuando empezó el toque de queda, fueron invitados a desalojar los recintos con mucha cortesía por el ejército, que al fin llegó. ¿Qué tal que se hubiera tratado de afros?

  ¿Qué hará Biden frente a esa conspiración, que no se quedará en la tarde de furia del miércoles? ¿Y qué nos espera aquí entre los que se gozaron ese espectáculo?


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