Coloreó su vida

3 de febrero de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

    Cruel pandemia, nos alejó de la familia y solo permitió los abrazos a la distancia. Afectó la economía, arruinó a los más pobres y desnudó las falencias de un sistema que, por falta de previsión, pervirtió la esencia de la salud y los objetivos laborales del personal médico. Puso sobre el paredón a los trabajadores informales y agotó las fuerzas de maestros e iniciativas estudiantiles.

    Afectados por tan desolador panorama nos pegamos a las redes como náufragos al tablón en medio del mar; descubrimos en internet y WhatsApp la oportunidad de matar la soledad y los medios obligados para compartir tristezas y alegrías. “Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad”, decía Pearl Buck. Sobre todo, cuando caemos en cuenta de que tenemos al nieto para alegrar el confinamiento y tejer otros usos a las redes sociales, diferentes a conversaciones intrascendentes.

   El nieto, con 5 años de edad, dialogaba con nosotros, los abuelos, sobre lo que hacía una vez suspendidas las clases en el colegio. Cierto día apareció en el video con una hoja llena de rayas e inició la tarea de pintar con varios colores su vida en casa. Nos respondió que estaba preparándose para la evaluación con miras a ingresar al nuevo colegio, de carácter privado.

   Verlo estudiar a su manera nos complacía, pero comprendimos que la alegría de aprender debe acompañarse con la de enseñar y compartirse entre maestro y alumno. El nieto quería continuar su aprender con los abuelos y nosotros deseábamos disfrutar de la enseñanza. Tarea que evidenciamos gracias a la necesidad de comunicarnos por el video y a la grata posibilidad que encontramos en medio de la desolación por el confinamiento.

   La preparación de las sesiones entre nieto y abuelos iniciaron en medio de la incertidumbre que sienten los maestros por suscitar el deseo y la necesidad de aprender. Como abuelos pensábamos que la educación virtual requiere de actividades diferentes a la presencial donde todo está reglamentado, sin espacio para el juego, la diversión y la indisciplina. Dudas que nos motivaron para sentirnos responsables de mantener la atención del nieto, que aceptara las directrices, y que disfrutara del momento.

   Lo primordial era aprovechar el espacio que nos brindó la pandemia para valorar el aprender cuando se enseña con cariño. Después de agotar el tiempo previsto, sorprendidos escuchábamos que nuestro nieto deseaba continuar las clases. Era el tiempo propicio para hacer feliz el encuentro familiar y una forma de derrotar la quietud de días y meses condenados por la pandemia. Las tareas nos unieron a medida que el blanco papel lo coloreó el nieto con figuras que iba pegando en la pared para exhibirlas.

   Enfrentamos juntos el olvido producto de la rutina, porque “La vida mía que te di se llena/ de años, como el volumen de un racimo./ Regresarán las uvas a la tierra./ Y aún allá abajo el tiempo sigue siendo,/ esperando, lloviendo desde el polvo,/ ávido de borrar hasta la ausencia”. Neruda, Soneto

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