Duelen ahora que faltan

17 de febrero de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

Después de contestar la llamada sentí en todo el cuerpo la crueldad del coronavirus. El latigazo de fuego que me atravesó sucedió el 12 de octubre del 2020. Una hermana me informó que nuestro padre había muerto a las 7:48 de la mañana.

El horror de la pandemia lo comprendemos quienes enfermamos o, por su causa, perdimos seres queridos. Cuatro meses después de su partida lo recuerdo con alegría, pero resiento sus abrazos. Vivió 95 años, pero sus miles de abrazos los sentí en mi vida como si me hubiera dicho que siempre lo iba a tener y que en nuestra familia todo iba a estar bien.

Mi padre fue feliz, por eso sus abrazos los sentí sinceros; fue recio, sus abrazos protectores. Conocimos necesidades, pero sus abrazos nos brindaron la fuerza para enfrentarlas y el poder de sanar heridas. Mi padre se fue hacia otro momento, lejos o cerca, no importa porque el calor de sus abrazos se quedó conmigo. Viejo: estoy con Tomás de Cuéllar, “de ese abrazo de amor nació la vida. / De otro abrazo de amor nace la muerte”.

Considero que una de las peores consecuencias pandémicas es la pérdida de los abrazos. Ahora que resulta imposible darlos y recibirlos, extrañamos padres, hermanos, familia y amigos. Creo con Diana Rowland que “lo bueno de los abrazos es que cuando das uno, recibes uno también”.  

Pienso en las compañeras de estudio con quienes creamos un grupo para mantener los abrazos, sin embargo, las cuarentenas los alargaron más de lo previsto. Por WhatsApp no son lo mismo, aunque sirvieron para preservar vivo el cariño de los recuerdos, entre otras cosas porque lo afirma el proverbio alemán: “Un abrazo al día mantiene a raya a los demonios”.

Imposible olvidar los amigos para celebrar abrazados el gol de un partido cualquiera o del campeonato, pero confinados por la pandemia digo con Nitya Prakash que los amigos del fútbol no abrazan, todos están ocupados con palabras y videos para mantener vivo el tercer tiempo, aquel espacio de verdaderos amigos fuera de las canchas.

Se abraza fuerte o débilmente, por la espalda o de frente, por el cuello o la cintura, largos o cortos, con palabras o simples miradas, de todas maneras, inventaron los abrazos para que todos supiéramos que nos amamos sin decir nada —Keane—, o como dijo Coelho para ganar con cada abrazo un día de vida.

Duelen los muertos y enfermos por la pandemia, igual la falta de abrazos; aquellos afectan el corazón, estos la vida. No importa cuándo ni dónde, necesitamos pedir los abrazos, así sea al ritmo del grupo Niche, “busca por dentro/ Que pongo en juego todos mis sentimientos/ Un beso y un abrazo exacto en el momento/ Que me lo pidas, que me lo pidas”.

Sin abrazos la pandemia la siento lenta y triste, aunque “en tu abrazo yo abrazo lo que existe, / la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia, / y todo vive para que yo viva”, Neruda. 

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