Tres años para la vejez

23 de febrero de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Lisandro Duque Naranjo

  Ni siquiera el hecho de tener 77 años me inspira a solicitarle al Gobierno que me encime los tres que me faltan para los 80 y poder así formar parte de la “primera línea” de beneficiarios de la vacuna de Pfizer. Lo curioso es que mi edad sí sirvió, y hasta me sobraban años, cuando al iniciarse la pandemia quedé incluido entre “los abuelitos” que debían sufrir el encierro doméstico. En ese momento la “vulnerabilidad” comenzaba a los 70, pero cuando Rudolf Hommes ganó la famosa tutela de las canas se flexibilizó la norma gerontofóbica y se nos permitió a los adultos mayores tres caminadas callejeras de una hora a la semana.

   Me imagino en Palacio a los community managers y a la redacción íntegra de Semana —el sanedrín de Duque— en reuniones de crisis, frente a páginas de Excel, ingeniándose la manera de distribuir esa migaja de 50.000 “biológicos” (ese es el nombre que les dieron a las vacunas, este Gobierno es realmente el del cambio) para dejar contento a todo el mundo: “Subamos a 80 años el prerrequisito de edad a los catanos”, y listo, aprobado. Eso fue lo mismo que preparar un Frutiño. Si en Colombia hay 21 adultos mayores (de 59 años en adelante) por cada 100 habitantes, tocaba disminuir drásticamente el número de vacunables; no había más remedio. Lo que pasa es que llegó tan poquito y tenía que hacerse rendir para tantos, que me imagino las intrigas palaciegas para obtener “un biológico ahí de afán para mi abuela, que tiene 75 apenas” (“vaya y sáquelo con disimulo del ultracongelador”). Además, tocaba reservar unidades para el sector salud, o si no para qué ese desfile triunfal por la 26. Por mí que los héroes de hospital sean prioritarios y que me vacunen en 2022. Ojalá aguante. Y que dejen de ser amnésicos con el Amazonas, tan lejos de Colombia y tan cerca de Brasil.

   Cuando supe de una cuota de vacunas para Montería y Sincelejo, me impuse omitir cualquier malicia para no imaginarme que había algo capcioso en esa decisión. La enfermera Verónica Machado tenía, sin duda, el derecho a convertirse en la primera colombiana en ser vacunada. Ese carácter simbólico justificó el chárter ceremonioso que hizo el presidente con su politburó. Mi carencia de suspicacia estaba intacta cuando doña Verónica se puso la mano derecha en el corazón, pidiendo ser inyectada en el brazo izquierdo. Mi ingenua presunción, sin embargo, se vino a pique cuando el dueño de El Ubérrimo publicó la foto de la enfermera en idéntica expresión corporal a la suya al lado del logotipo oficial del Centro Democrático. Hasta ahí llegó lo subliminal y, claro, se me reveló todo lo que me había negado a conjeturar: que el expresidente no se aguantó las ganas de ponerse en evidencia: “¡Fui yo, fui yo!”, en lo que lo ayudó su jefa de prensa. Y, obvio, se pegotearon en la maniobra de distracción que Presidencia había preparado para hacerle llegar los “biológicos” a su finca.

  Con tanto codicioso del Centro Democrático metido en esa colada de las vacunas, dentro de poco la van a ofrecer pirateada en los semáforos. Póngale la firma.

  Aunque este Gobierno no se merece tal honor, contaré que, al saber que tocaba ser octogenario para acceder a la vacuna, experimenté de manera risueña la nostalgia de cuando entraba a cine para adultos usando la cédula de mi hermano mayor. Gracias por producirme el espejismo de que me faltan todavía tres años para ser viejo.

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