Generosidad

31 de marzo de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

 Texto de Guillermo Salazar Jiménez

“¿Quién dijo que todo está perdido? /Yo vengo a ofrecer mi corazón. / Tanta sangre que se llevó el río, /yo vengo a ofrecer mi corazón”, entonan, con Fito Páez, mujeres, hombres y niños generosos a la orilla del río Magdalena. 

Esperan a otro NN que haya sido arrojado al río, sin historia, olvidado, muerto sin respeto por la vida, para adoptarlo como hijo, esposo o simplemente como familiar.

A medida que crece el número de NN vagando por el río, se suman habitantes de Puerto Berrío, capital del Magdalena Medio, departamento de Antioquia, para no dejar que llegue la noche sin que aquel compañero imaginario encuentre alguien en quien confiar su cuerpo inerte. No reciben pago por tal tarea, su generosidad nace de la pobreza en que viven.

Los 51.000 habitantes de Puerto Berrío, erigido como municipio en 1875, se reconocen en el rito de los NN. Una vez avistado entre las aparentes aguas mansas del Magdalena, el grupo de rescatistas suben presurosos a las lanchas con los arpones y redes acondicionados para “pescar” al cuerpo. Respetan tanto el sufrimiento antes de morir del NN que resisten la pestilencia; con afán lo bautizan con un nombre salido de alguien presente e inician el desfile mortuorio hasta La Dolorosa.

El sepelio del muerto bautizado lo presiden sus familiares honorarios, caminan las trece cuadras del parque hasta el cementerio La Dolorosa, cuyo techo en forma de arco construido en granito y rejas de hierro, recibe al cortejo para realizar la ceremonia en la capilla, antes de llevarlo al panteón de los NN. Sobre la tumba escriben su nombre sin esperar compensación alguna, ya que se trata de un acto colectivo generoso. Le dicen a los enterrados que descansen tranquilos porque no tienen deuda alguna, que lo harán mientras la violencia persista, y que con sus propios muertos agotaron las lágrimas.

Creo que las almas generosas de los NN de Puerto Berrío leyeron de Tolstoi: “No hay más que un modo de ser felices: vivir para los demás”. Son personas nobles con la vida y darle nombre a los NN se convierte en un acto valeroso de denuncia contra los violentos. En estos tiempos de pandemia, seguramente esperan que su generosidad sea tan contagiosa como el coronavirus, ya que ellos son los portadores.

Sin detallar en el sexo, color o riqueza, los NN son tratados como familiares de la Colombia nuestra, parodiando a Walt Whitman aquellos generosos colombianos se brindan porque se dan a sí mismos. Quizás no magnificamos tan generoso acto porque somos incapaces de comprender la crueldad con la que se irrespeta la vida y por la falta de compromiso oficial para garantizarla en una historia de sangre que ahoga los esfuerzos comunitarios por preservarla.

Cuando los familiares los identifican, varios nombres son cambiados, sin otro pago que la satisfacción porque “cuando me vino el honor/de la tierra generosa, / no pensé en blanca ni rosa/ ni en lo grande del favor”. Cuando me vino el favor de José Martí.

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