Invisibles

17 de marzo de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

 Cuando escuchó las descargas sintió un frío que le recorrió el cuerpo, presintió que había llegado la hora de abandonar su parcela. José recibió el panfleto con la orden de abandonar la tierra so pena de morir. Recordó con desconsuelo aquel día, en la fila del 24 - 528 de la Avenida 12 de octubre. Andaba en Quito, de un lado a otro buscando empleo, hasta que un colombiano le dio aquella dirección. “Busque el Trade Center, torre B, piso 14”, le dijo, allí en la embajada le ayudan. José necesitaba rehacer su vida familiar, se creía un buen hombre exiliado por una odiosa causa. Se sintió invisible para los demás. 

 Cuando Esperanza dejó el colegio, obligada por las amenazas de muerte, y descendió por la rampa de la estación del tren, oyó a su corazón resonar con rabia. Hacía frío en Santiago de Chile; al recordar a sus alumnos, se reconoció como una exiliada real, imperceptible para el mundo. Salió obligada a un país extraño con sus dos hijos, sin horizonte y con dolor por la falta de protección oficial. Sin empleo durante varios meses se enganchó en un restaurante de colombianos. Releyó el papelito, tenía otra cita en la embajada: Los Militares, tercer piso, Las Condes. Teléfono 22206273, 10:30 a. m. 

 José y Esperanza hicieron parte de los 519.666 colombianos que, según el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados –Acnur– buscaron refugio en el exterior, entre 2017 y 2019. Historia de horror, según la comisión de la Verdad, en 2007 Colombia ocupó el tercer lugar en el mundo como país que expulsó más personas en “olas migratorias forzadas”. 

 El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades”, lo leyó de Isabel Allende. Augusto, otro colombiano invisible para el Estado colombiano, ingeniero y profesor universitario, llevaba 24 meses en Montevideo. Los días que no dictaba clases de español, arropado por sus recuerdos y respirando un oxígeno extraño, desterrado por fuerzas oficiales oscuras, deambulaba inmaterial por las calles. Exclamaba parodiando a Dos Passos que “podían arrancarme del país, pero nunca arrancar a Colombia de mi corazón”. 

 Los exiliados son una población fantasma, desaparecieron del país porque son invisibles como colombianos para los registros oficiales. Salieron por falta de garantías para vivir y en otros países desconocen sus derechos, justo Ángel Ganivet cuando afirma que “Una nación que cría hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan”. 

 Separados de sus familiares y amigos, de su vida afectiva y laboral, los exiliados llevan su tierra con ellos a pesar del olvido. Los trabajos ocasionales desempeñados se convierten en estigma social y en sufrimiento por reconocer que el futuro no será mejor que el presente. Se sienten de todas partes, porque fuera de Colombia no tienen país. Dice George Santayana: “Canté al cielo. /El exilio me hizo libre, /llevándome de mundo en mundo, /desde todos los mundos”. 


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