La tragedia de las múltiples violencias

25 de marzo de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Diego Jaramillo Salgado

Hay quienes llegan a afirmar que la violencia es cultural. Constituyéndola en una condición propia de la naturaleza humana. Se podría admitir el carácter conflictivo de hombres y mujeres. Más no necesariamente la derivación en violencia de todo conflicto. En las relaciones sociales, su existencia posibilita la confrontación de deseos e ideales contrapuestos que alientan la búsqueda de vivir bien. Por ello, las sociedades establecen reglas de juego que posibiliten la convivencia, organizadas por un estado y sus instituciones, supuestamente garantes de su prevalencia. El caso colombiano es crítico en este sentido, en cuanto lo que se ha pretendido presentar como estado moderno, ha sido atravesado por intereses personales o de grupos, en que su función colectiva es marginal. El siglo XX fue inaugurado con la Guerra de los mil días. Desde 1930, se avivaron las contiendas violentas entre liberales y conservadores, en cada período electoral. Agudizadas con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 hasta el pacto entre los dos partidos tradicionales con el llamado Frente Nacional.

El tránsito de un país predominantemente rural a uno urbano, a partir de la segunda mitad del siglo XX, trajo consigo una transformación de la propiedad rural a favor de terratenientes o grupos oligárquicos, y un desplazamiento de vastos grupos de campesinos hacia las ciudades en crecimiento. Introduciendo así sectores poblacionales pauperizados. El lento desarrollo industrial abrió el campo hacia la concentración del capital sin que la sociedad se beneficiara en su conjunto. Los grupos económicos dominantes impusieron dentro del estado el control sobre otras opciones en curso, sometidas de manera punitiva. Sectores de las elites políticas echaron mano de la institucionalidad para su beneficio personal, cerrando paso, a como diera lugar, a quienes se les opusieran. Incluyendo el recurso del narcotráfico como la forma de hacer dinero y obtener poder. Tendencia vuelta incontenible y parte de la proliferación de las violencias actuales. La desigualdad, la pobreza y la miseria, abrieron el espacio para que grupos insurgentes optaran por la lucha revolucionaria como alternativa al sistema social imperante. En sus diferentes expresiones, introdujeron otro tipo de violencia, letal aun; a pesar de los acuerdos de la Habana con las Farc. Factor que coadyuvó a crear una contraparte, los paramilitares, aliados o surgidos del narcotráfico y de sectores políticos, hoy canalizados por la ultraderecha. El modelo neoliberal, la pandemia y la inmigración venezolana, incrementaron la desigualdad y con ello el recurso a la fuerza individual o de grupos, como una de las soluciones para garantizar su sobrevivencia. Tragedia atravesando múltiples campos de la vida cotidiana, sin vislumbrarse su solución.

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