Valor supremo

14 de marzo de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

 Las cuarentenas permitieron desempolvar apuntes del maestro Estanislao Zuleta de hace más de 40 años cuando lo escuché en el auditorio de Univalle, repleto de estudiantes y profesores, ávidos de conocer sus ideas sobre la filosofía y la educación. Citas de Platón, Aristóteles, Nietzsche, Kant, Marx, entre muchos otros pensadores, poblaron mis notas que, repasadas hoy día, siguen vigentes.

 Como valor supremo, la vida tiene que ser el propósito formativo más importante de las instituciones educativas, pero el espacio humano de las aulas se diluye en la preservación de otros ideales, cercanos a lo que el maestro Zuleta afirmaba como discursos y métodos de la industria informática y audiovisual, del mercado y la cibernética, que “hace parte del proceso de domesticación, donde los sujetos tienden a preocuparse por la adquisición de moneda, a adquirir mayor información con un mínimo de esfuerzo, es decir, se reproduce más no se piensa”.

 Las reiterativas demandas por acatar las medidas preventivas para vencer al coronavirus tienen que ver con el impacto formativo que nuestro sistema educativo ha jugado en la sociedad. Profundizar hábitos de responsabilidad individual y social, solidaridad, higiene, nutrición y respeto hacen que el valor de la vida de los demás parta de apreciar la mía.

 Aceptar el uso del tapabocas, lavarse las manos, mantener la distancia y evitar las reuniones sociales son medidas fáciles de cumplir, pero difíciles de aceptar porque se encuentran arraigadas en nuestra condición deshumanizada y no fundamento central de los procesos formativos escolares. Extraña el poco valor que tiene la vida, comprobar la limitación de los buenos sentimientos frente a la obstinación de las pasiones violentas. Aceptamos y perdonamos con facilidad la insolencia de los poderosos, la jactancia de los ricos, la crueldad de quienes gobiernan; pero no respetamos las medidas para preservar la vida.

 Aceptar la vida como propósito final de la formación hace parte de defender el pensamiento, el deseo y el saber, como decía el maestro Zuleta, contrario a una educación “realizada para que los individuos no actúen, para que no sean sujetos de su historia, que es una manera de impedir, de controlar el pensar y el actuar”. Afianzan la primaria voluntad de dominación, cuyo objetivo es el de preservar sus interés, valores y categorías sociales.

 No es solo en las personas, sino en el sistema educativo; no es en el ocioso abandono de la cuarentena sino dentro de nosotros; no es en mi deseo sino en mi corazón, como no es en las reuniones sociales clandestinas sino en la educación, donde encontramos lo mejor de las precauciones para preservar la vida. Una educación que les permita a todos delinear el camino de su libertad. Paulo Freire insistía “que la idea de libertad en el ser humano no abandona su carácter de lucha, de riesgo, fulgor de la curiosidad, apertura a la pregunta y reconocimiento de la crítica, una dirección política hacia la alternatividad, un riesgo por la transformación de la cultura, a partir de la construcción de sujetos con personalidades libres, críticas y autónomas”.

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