Desdichados

11 de abril de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

 Pegado al cristal de la ventana de su apartamento miraba absorto sin ver nada. Este día no quiso abrirla, pasado un año del encierro obligado por el Coronavirus evaluaba su presente y su mente vagaba entre aspiraciones por volver a la vida normal. Inicialmente se sintió feliz de estar en casa leyendo libros apolillados por el olvido, organizando apuntes abandonados, destruyendo rencorosas cartas, ventilando ropa y zapatos con la promesa de volver a usarlos, y entreteniéndose con la televisión y las redes sociales más horas de las acostumbradas

 Por el aumento de los muertos y contagiados entendió la palabra pandemia y desde entonces ha sido incapaz de salir a caminar, a medida que disfrutaba del amplio repertorio de programas de entretenimiento y diversión su euforia se fue apagando y la palabra peste aturdió su ánimo.

 Sorprendido, Sergio constató la similitud entre lo descrito por Albert Camus en La Peste y lo que pasaba en el mundo y en él. “Todo, todo es igual, hasta el miedo tan verraco que tengo”, se decía, sin sentir el ruido de la torrencial lluvia que golpeaba la ventana. Recitó el párrafo subrayado en la pagina 53: “Hay los que tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido el tiempo de tenerlo”.

 Sergio creyó que tanto entretenimiento le permitiría emplear mejor su tiempo libre para divertirse, distraerse, animarse, en fin, para ganarle la partida a las preocupaciones. Pero no, lo que pretendió se esfumó a medida que la cantidad de programas se apartaron, según Pascal, de lo esencial para caer de lleno en lo trivial. Al no entretener, ni informar, menos formar en valores, el rentable negocio del espectáculo y la farándula le ganó la apuesta a la educación. Recordó a Chesterton cuando afirmó que lo divertido no es contrario a lo serio, sino a lo aburrido.

 Miles somos los desdichados, pensó Sergio, con el uso desmedido de las redes sociales el mundo real escapó de nuestras manos, ahora la falsean con imágenes y palabras fijadas en pantallas. Con la pandemia, la vida vale más dentro de la pantalla que afuera en contacto con la naturaleza.

 Más que entretener nos obligan a creer, Sergio estuvo de acuerdo con Borges, cuando asevera en Ficciones que “A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias”. Concluyó que se reconocía como desdichado porque no se sabía feliz. Afirmó con William Faulkner que “Se podría creer que la desdicha terminará un día por cansarse, pero entonces es el tiempo el que se convierte en nuestra desdicha”.

 Buscó en Enamorarse y no de Mario Benedetti la razón de su desdicha porque “cuando uno se enamora las cuadrillas/ del tiempo hacen escala en el olvido/ la desdicha se llena de milagros/ el miedo se convierte en osadía/ y la muerte no sale de su cueva”.

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