Vive

15 de abril de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

Hasta que lo vieron entrar nadie creyó que durante catorce meses había sostenido conversaciones para hacer realidad su anhelada presencia. Por el silencio parecía que nadie había concurrido al salón social de la Unidad Residencial Los Fundadores de Cali.   

 Aquel viernes, noviembre 26 de 1999, entró el doctor Jorge Villamil prendido de mi brazo, que servía de bastón. Sentía que las trecientas personas asistentes al homenaje se hubieran puesto de acuerdo con Diana Palmer para afirmar que hay momentos tan bellos en la vida que las palabras no son suficientes para describir lo que sentimos. Mientras acompañé al doctor Villamil a la mesa, apropié las palabras de Neruda porque verde era el silencio, húmeda era la luz, el salón social temblaba como una mariposa.   

 Por su música conocí desde siempre al compositor de las Américas, pero fue en el vuelo Bogotá – Bucaramanga donde hablamos. “Doctor Villamil, usted ha recibido múltiples homenajes, pero jamás una familia de trescientas personas lo han aplaudido en una sala”. Esta frase que le solté sin pensar lo conmovió y creo que sirvió para continuar una conversación durante once años, hasta poco antes de febrero 28 de 2010, día en que murió. 

 Escuchando en esta pandemia los CD que me regaló firmados me convencieron que sigue vivo. Mientras las mañanas avanzaban entre el sol y la lluvia evoqué su recordado comentario: “Yo no les pertenezco, yo no me debo ni siquiera a mí mismo, yo me debo a la gente, a la música que quiero y al público que ama mi música”. 

 Le escuché que nació en la hacienda del Cedral, Neiva, un 6 de junio de 1929 y que era médico ortopedista de la Universidad Javeriana. Que fue mediador de paz entre el gobierno de Alberto Lleras Camargo y las guerrillas del sur de Colombia, entre otras cosas porque conoció a ‘Tirofijo’ cuando se desempeñó como trabajador en aquella hacienda. Sin embargo, el centro de nuestras conversaciones giró en torno al motivo de sus composiciones. Así me enteré que a Los Guaduales le cambió la palabra bailan ante el comentario de la cocinera del sancocho valluno: “Doctor, los guaduales lloran porque también tienen alma”. Que el héroe de El Barcino se llamaba realmente “Confite”, novillo que le habían regalado y que la guerrilla “posiblemente” se lo llevó.       

 Se sintió pleno cercano a la gente campesina, su realización como compositor se muestra en la pintura de las letras de su música, donde los desengaños, amores, paisajes, desprecio, envidia, celos y tristeza, hacen parte de las doscientas canciones interpretadas por multitud de cantantes. 

 Sus dos últimos meses de vida los resintió en el alma por la muerte de su hija Ana María. Me llevarás en ti, pasillo que ambos lloraban juntos y que los asistentes, al compás de los seis grupos musicales invitados, entonamos con emoción: “Por qué me llevarás, / unido a tu recuerdo, como la luz del sol, / como el agua y el viento, / porque me llevarás, / unido a tu recuerdo”. 

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