Vándalos

12 de mayo de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

   Sí, maestro Sábato, la realidad no tiene por qué ser simple. Con la imagen de los destrozos consecuencia de la marcha del 28 y días sucesivos, los noticieros juegan con nuestras emociones. Señalan no explican. La desidia para analizar tales imágenes denota que valen más estas que las miles de palabras para explicarlas. Con la violencia como espectáculo, los medios alimentan con el miedo una apreciación simple de vándalos.

   Expresiones de disgusto resuenan y los señalamientos aparecen para culpar a unos. ¡No importa analizar! ¿No es tan criminal el que paga por asesinar como el sicario que aprieta el gatillo? Pienso que quien desfoga su ira como el que la produjo son culpables, es tan vándalo aquel que daña bienes públicos como el gobierno que motiva la furia de los marchantes.

    Porque la llamada conciencia moral le teme más al cambio, prefieren las injustas reformas promovidas por el desgobierno. Así, les resulta más fácil levantar el dedo para acusar y no comprender la gesta cumplida por los marchantes para que su salario continúe sin gravámenes y disfrutar cómodamente la televisión. Seguramente tampoco entregan al supermercado el valor que la reforma pretendía cobrar de más a los alimentos y que los señalados vándalos ayudaron a tumbar. Se quedan con las imágenes, perdidos en los laberintos de lo simple y del absurdo, del dolor ajeno y la decidía por los discriminados.

   Creo que muchos de los vándalos representan a miles de indefensos que, por edad o impedimentos físicos, no marchan. Posiblemente consideran más vándalos a aquellos que pretendieron gravar los alimentos y aumentar los impuestos a los salarios de sus abuelos o padres. Quizás piensan que no solo atentan contra la comida y la salud de aquellos, sino que también vandalizan la vida de sus nietos e hijos. Acompañados de Sábato sienten que el gobierno es despreciable, e invadidos por una furia de exclusión, se dejan acariciar por los tentáculos destructivos.    

    Considero que hace falta ver nuestra propia conciencia para valorar aquella otra manera de ceguera. Donde pudiéramos ver las razones de los llamados vándalos y no aquello que los noticieros muestran detallando los destrozos. Jóvenes inconformes, cansados de atropellos y falta de oportunidades, se sienten prisioneros en la calle, acusados de delitos motivados por otros. Las puertas cerradas, sin opción, lo dice Sábato: “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario”. O como ilustra William Ospina: “Y al que se rebele, claro, tratarlo de vándalo. Pero no, presidente: yo creo que esto que comienza no es vandalismo, es desesperación”.

   La facilidad con la cual señalan de vándalos a los marchantes no quiere decir civilidad, tampoco la rebeldía quiere decir salvajismo. “Hay que ver cómo al que se rebele lo declaran enemigo de las instituciones. Pero no: el peor enemigo de las instituciones es el que tolera su ineptitud y su corrupción, el que no las reforma, el que hace sacrosanto a un poder que delinque y respetables a unas autoridades que no respetan a nadie”. W. Ospina.

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