Yo, presidente

26 de mayo de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

 

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

      “…él solo era la patria, pasó las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos del dormitorio, orinó sentado en la letrina portátil, (…) se tumbó bocabajo en el suelo, se durmió en el acto, no soñó,” describe García Márquez en El otoño del patriarca a aquel dictador en la soledad del poder. Después de 46 años de publicarse esta novela renace la imagen de aquel dictador en el presidente Duque.

     En todo se parecen, menos en la edad y la escolaridad, aunque el presidente parece más añejo por sus actitudes mezquinas contra la juventud y con títulos universitarios que poco efecto lograron en su forma de legislar. Ambos dictadores utilizan la violencia para gobernar con leyes amañadas y un séquito de aduladores que niegan las muertes violentas y pregonan que no pasa nada.

       Aquellos aduladores lo engañan, le hacen creer que está gobernando bien y Duque, en la disyuntiva de no saber quién le miente y quién no, se sentó en una nube a ver marchar al enardecido pueblo colombiano. Para inculparlo en el futuro lo distraen, juegan con su egolatría, y sin autoridad desentiende su papel y gobierna para ellos, dice Gabo: “Un dictador, está rodeado de intereses y personas cuyo propósito último es aislarlo de la realidad”. 

        Distante de la realidad, Duque pensó que las marchas eran para apoyarlo y su Yo creció dentro de él. Soy Yo el presidente, dice, y Yo soy el que manda, piensa; esa es su irrealidad y su infortunio. Sola basta verlo y oír sus alocuciones, con aquellos mentirosos detrás, para recordar a Nietzsche: “Cuando me encuentro con una criatura, encuentro la voluntad del poder”.

       ¿Cuál poder?, solo existe en su Yo. Ahora muy pocos de su partido político le creen y, en el absurdo dictatorial de Duque, se rodea de ineptos burócratas para ganarse aplausos y que su Yo enaltezca la casa de Nariño. Presidente: ¡Sin el apoyo del pueblo colombiano su poder es nada!

        Por su Yo inflamado finge lo que se sabe y lo que se quiere ignorar; finge entender lo que no comprende, no oye lo que dicen millones de colombianos y, ensimismado en su ego, sigue creyéndose patriarca con el paro. Los gritos de los marchantes no los escucha, tampoco ve los destrozos que motivó con sus reformas e igual que el patriarca “…él apenas si ponía atención, ya les dije que no les hagan caso, decía, arrastrando sus patas de tumba por los corredores de cenizas y piltrafas de alfombras y gobelinos chamuscados…”, página 153.

        Los colombianos despertaron, los jóvenes retaron la autoridad y las reformas. La calle se convirtió en el espacio para hacerse oír y establecer las bases de un nuevo país. Las multitudinarias marchas deslegitimaron al presidente y tumbarán su Yo. Difícil superar el estigma histórico de peor gobierno, aunque Duque no recuerde a Oscar Wilde: “A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo”.

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