Distantes

4 de julio de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez   

De improviso la distancia se convirtió en la medida primaria para prevenir la muerte, pensó Rusbel Caminante, olvidó la pandemia y salió a marchar junto a jóvenes que despreciaron la reclusión, mientras que “otros, por el contrario, no tuvieron más idea desde aquel momento que la de evadirse”, lo dice Camus, en La Peste. Entendió que para confinados y marchantes la distancia por la peste se volvió cercanía con la lucha en las calles.

     Rusbel Caminante expresó que la pandemia nos encerró y la protesta social puso sobre el pavimento las desigualdades. Continuó: los gritos de los jóvenes y sus piedras contra las balas denuncian la hipocresía oficial y de quienes los critican, pero gozan solapadamente de los logros. Dice Baudelaure en La Máscara que “¡Ella llora, insensata, porque ella ha vivido! ¡Y porque vive! Pero lo que ella deplora/ Sobre todo, lo que la hace temblar hasta las rodillas, /Es que mañana, ¡ha! ¡Tendrá que vivir todavía! / ¡Mañana, pasado mañana y siempre! - ¡Como nosotros!”

    En medio de humo y gases, Rusbel Caminante se quitó el tapabocas para respirar, pensó que mientras la ciencia proporciona las vacunas, el gobierno nos obliga al peligro de estar juntos en la calle. Corrió y agitado pensó que las vacunas brindan seguridad, pero las opresoras reformas gubernamentales pretendían distanciar las desigualdades. ¡Peor morir de hambre¡, escuchó gritar.

   Le preocupó un posible contagio, pero la decisión de los jóvenes le imprimió la fortaleza necesaria para correr entre gritos de auxilio. Aturdido pensó en los jóvenes de las barricadas y su incierto futuro social, económico y educativo demandando. Sentado sobre el andén se echó agua en los ojos, bebió un sorbo y gritó: ¡Desolación!, ¡dudas!, ¡miedo! ¡Oh, poeta maldito!, como calificaron a Baudelaire: “Con frecuencia he evocado esta luna encantada, /Este silencio y esta languidez, /Y esta confidencia horrible murmurada /En el confesionario del corazón”.

   Recordó a Cortázar porque solo nosotros podemos intentar determinar que tanto realmente logramos estar distantemente juntos; mientras más distantes nos obligan a estar, las desigualdades crecientes nos unen en la calle. Trabajo, salud, educación, en resumen: vivir. Realidad que también escuchó gritar a jóvenes estudiantes y maestros, trabajadores y desempleados, amas de casa y mujeres universitarias.

     Rusbel Caminante salió a la calle convencido que también vendrán cambios en sentimientos y deseos, ilusiones y actuaciones impensadas. Leyó de Camus que “Maridos y amantes que tenían una confianza plena en sus compañeros se encontraban celosos. Hombres que se creían frívolos en amor, se volvían constantes. Hijos que habían vivido junto a su madre sin mirarla apenas, ponían toda su inquietud y su nostalgia en algún trazo de su rostro que avivaba su recuerdo”.

     Quiso entrar a la clínica por donde pasó, miró a las enfermeras con carteles de apoyo al paro y Rusbel Caminante concluyó que hasta los médicos sufrirán las consecuencias, como lo muestra Camus en La Peste cuando el doctor fatigado de ver tanto muerto responde que “Uno se cansa de la piedad cuando la piedad es inútil”, página 75. 

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