Desplazados

18 de agosto de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

“Ya no tenemos nada que perder, solo la vida, pero tenemos miedo”, escuchó de un joven marchante entre la multitud que intentaba protegerse de la arremetida del Esmad. Oyó que lejos quedó su casa, la camiseta del América colgada de la pared, los tenis debajo de la cama, la chocolatera hirviendo sobre la estufa. Las vacas en el potrero, los cerdos junto a las gallinas esperando la comida. El café listo para recoger y venderlo para subsistir. 

       Después de la marcha, Rusbel Caminante imaginó la familia de aquel joven junto a miles de desplazados rumbo a un futuro incierto y agreste. Constató, con horror en las noticias, que más de 4.090 personas, entre ellos 1.300 menores de edad, abandonaron desde el 19 de julio sus proyectos de vida en 32 veredas del municipio de Ituango, Antioquía. Difícil aceptar que en este año más de 44.000 colombianos fueron desplazados, no solo por causas de la violencia, también por intereses particulares de concesiones minero-energéticas y de terratenientes. 

     Para comprender la magnitud del problema, Rusbel Caminante acogió las cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica, que señala en más de 6 millones los desplazados en los últimos años. Es como si Cali, Medellín y Barranquilla, de pronto se vieran sin gente, calles desoladas, casas desamparadas, centros comerciales abandonados, fábricas derruidas, transporte tirado; escuelas, colegios y universidades mudas, y hospitales y clínicas sin enfermos para curar o muertos para llorar. ¡Horrible cataclismo!  

     Rusbel Caminante leyó que después de Siria, Colombia es el segundo país en el mundo que denota este problema de deshumanización, creciente por el desinterés del Estado para frenar los tipos de violencia que lo generan y mantienen. Pensó que los colombianos acostumbrados a la violencia no sopesan la magnitud del problema, mientras los desplazados perpetúan el miedo con el que trastocaron su vida. 

      El colmo de la infelicidad es temer algo, cuando ya nada se espera”, leyó Rusbel Caminante de Séneca. Pensó que los desplazados acumulan ese miedo a la muerte, que crece en sí mismos a medida que ven en los otros sus verdugos; miedo a la palabra incumplida y a recordar lo vivido. Los miedos unidos a la desconfianza en sus gobernantes hacen que muchos jóvenes se sientan excluidos, sin pertenencia de los bienes públicos porque son de los “otros” y, con miedo, responden para proteger la vida y resistir a la guerra en las calles, con las protestas.

    Rusbel Caminante recordó a aquel joven con Neruda porque “Tengo miedo de todo el mundo, / del agua fría, de la muerte. / Soy como todos los mortales, /inaplazable”. Es allí, en las marchas, donde revivió el miedo de que se repitan las historias de muerte y persecución que lo atormentan y ese absurdo de habitar en la sombra de la guerra. Con Elías Nandino puede agregar que “Tengo miedo del todo. / ¡Tengo miedo del miedo! / Tengo miedo a caer/ sin nombre, / sin memoria y sin cuerpo, / en la eternidad/ del olvido y del silencio”.

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