Mejor quedarse en casa

10 de agosto de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Lisandro Duque Naranjo

Supongo que Colombia tiene muy maltratada la reputación por fuera. No me refiero a los organismos internacionales de justicia —frente a los cuales varios funcionarios e instituciones de este país pudieran ser convocados a responder por bochornosas conductas criminales, tipo Papa Doc—, sino a la aspereza y, en el mejor de los casos, frialdad con que se recibe en el extranjero a los colombianos rasos que se arriesgan a cruzar las fronteras. Hubo tiempos mejores, cuando al turista colombiano, al distinguirlo en las calles extranjeras, le decían, con el pulgar hacia arriba: “¡Ah, García Márquez!” o “¡Ah, Lucho Herrera!”. Hasta le agradecían a uno que fuera colombiano. Eso fue antes de que Pablo Escobar se convirtiera en el ícono perverso que se nos enrostraba no solo en las ventanillas de inmigración o en las aduanas, donde se nos hacía abrir las maletas para revisar chiro por chiro, sino en tertulias de amigos o en conversaciones casuales con desconocidos. Nada que hacerle. Ya después del asesinato de Andrés Escobar, en el 94 —que fue un punto de inflexión muy bravo—, se acabaron Gabo, Lucho y algún otro glorioso de esta nación, y comenzó a decrecer la empatía internacional hacia quien portara un pasaporte otrora verde y después vinotinto, color que se le ocurrió a una canciller que tuvimos “para cambiar la percepción sobre nuestros nacionales”. Lo mismo que ahora al volver azul el uniforme de nuestra Policía. A propósito de Andrés Escobar —el antiguo, el futbolista, no ese de ahora, el pistolero “gente bien”—, no se me olvida una amiga argentina que, en La Habana, me dijo: “¿Y ustedes en Colombia por qué dejaron matar a ese chico?”. Treinta años después de haberme quedado callado y pálido, me sigo preguntando por qué no le hablé de los 30.000 muertos y torturados de la dictadura de Videla. Ahora mismo, si me reencontrara con esa amiga, tal vez volvería a permanecer mudo, pues serían otros los asuntos por los que se me preguntaría: “Oye, ¿cómo es el cuento ese de los mercenarios en Haití?”. O: “¿Y el Gobierno de tu país por qué les presta asistencia a ellos —salvo lo de pedir la repatriación de los cadáveres—, si la ONU prohíbe ese tipo de gestiones con mercenarios?”.

      Qué bueno, entonces, no tener que ir ahora a Haití ni a República Dominicana. Y menos a España, luego de que el 70 % de paisanos que llegaron a ese país en julio falsificaron sus certificados de vacuna contra el COVID-19 y muchos llegaron contagiados. ¿Qué va a decir uno cuando lo sometan al control antidroga y encima de eso le zampen copitos por la nariz? ¿A qué hora va a salir el pobre turista del aeropuerto, si es que sale, porque también lo pueden mandar a cuarentena, debidamente controlado y por cuenta propia? No, no, mejor no salir. Para Alemania sí que me alegra no tener viaje pendiente, después de que aquí un “periodista” de RCN le montó al aire un interrogatorio a Rebecca Spröber, una joven de ese país, por haber participado en las movilizaciones de Cali, al lado de la Primera Línea. Luego de esa entrevista, un sicario atentó contra ella, disparándole 13 balazos (cuatro de los cuales impactaron en su maletín, lo que la salvó, y el resto de ellos fueron a la cabeza del joven líder Johan Sebastián Bonilla, quien murió protegiéndola), y al día siguiente fue expulsada por Migración Colombia. El kit completo en dos días.

Definitivamente es mejor quedarse en casa y ni siquiera ir a la esquina.


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