Visitar una finca

23 de agosto de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   En 1962, recién concluido mi bachillerato, sufrí una pena de amor con una joven quinceañera en mi pueblo, Sevilla, entonces me arrojé a los brazos de la novela Werther, de Goethe, y así tomar el impulso literario que requería para suicidarme. Y sí, me la lloré como correspondía, pero no logré acumular el valor para cumplir el destino trágico del personaje que hizo eliminarse, por despecho, a tantos jóvenes alemanes y del resto del mundo, por allá en la década de los 70 del siglo XVIII. Decidí, entonces, irme de vacaciones a la finca de un primo para que me matara la chusma. Les hice berrinche a mis padres, que no querían dejarme viajar a ese lugar, llamado Campoalegre, pues según ellos “ir allá equivale a suicidarse”, lo que secretamente era mi propósito, solo que no con mano propia, en vista de que en toda esa región operaban las bandas del Mosco, Sangrenegra, Chispas y Celedonio Vargas.

    Cuando mi primo Roberto Duque, dueño de la finca, pasó en su jeep por mi casa para recogerme y convenció a mis padres de que no me pasaría nada, salí feliz a formar parte de las víctimas de los facinerosos en la primera masacre que se atravesara. El corte de franela de que me hicieran objeto iba a ser por amor, en vista de que ya había perdido la cabeza por la muchacha que me desairó.

     Hasta que llegaran quienes me ultimarían, monté a caballo, jugué con los perros, correteé piscos que parecían pavos reales, devoré sancochos del campo, tomé leche postrera al lado de las vacas y participé en arreadas de ganado hacia el encierro, pues quería que la muerte me sorprendiera en disfrute de égloga. Y llegaron los bandoleros. Se les distinguía a la legua por sus ruanas terciadas, su habla rústica, sus machetes y escopetas. Mi objetivo de morir continuaba intacto, pero para no hacerlo muy obvio me escondí entre los travesaños de un secadero de café, desde los cuales espié a los que serían mis verdugos. Allí decidí no suplicar clemencia a quien blandiera su peinilla para degollarme. Los vi almorzar en forma opípara, pues hasta les sacrificaron gallinas con revuelto de papas, yucas y plátanos. Y se fueron, despidiéndose agradecidos. Mi primer intento de que alguien me ayudara a deshacerme de la vida se malogró. Y salí de mi escondite de donde nadie me sacó arrastrado. Debo reconocer que sentí alivio de salir ileso de la masacre que no alcanzó a ocurrir.

    Después supe —yo no distinguía por entonces esos matices— que esa banda de hombres era liberal, y como mi primo era del mismo partido, por supuesto no lo atacaron. Una hora después llegó el ejército —que supuestamente perseguía a los recién almorzados— y alcancé a notar que apenas les dieron agua de panela con arepa. Y siguieron su marcha. Mejor, porque mi urgencia de ser asesinado no incluía serlo por el Gobierno.

    Relajado ya de mi obsesión, y creo que hasta del recuerdo de quien me puso al borde de desear ser un difunto, olvidé el imperativo fatal de Werther y me apliqué a jugar con los muchachos de la finca. Era mejor vivir. Estando en esas, incurrimos en la provocación a un enjambre de abejas y miles de estas nos atacaron con sevicia. Yo fui el único, de puro urbano, que ignoraba que lo mejor en esos casos es no correr y más bien quedarse quieto. Y claro que en el mismo jeep en que había llegado me llevaron al hospital de Sevilla. Y aquí estoy contando el cuento. Desde entonces nunca más volví a esa finca.

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