Capítulo V: Abel Barrera, símbolo del vaquero sevillano

20 de septiembre de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Los Vaqueros (Serie)

Texto de Gustavo Noreña Jiménez

En Sevilla, hubo muchos vaqueros que atendieron las ganaderías de la región o montadores de bestias como Carlos Cano, que era  uno de los mejores enlazadores  a caballo de la región, era un especialista en el lanzamiento de la soga en forma de “chipa”; en una oportunidad un ganado estaba entrando a unos corrales en la Hacienda La Guaira y cuando Carlos todavía se encontraba en el potrero, el administrador de la hacienda le señaló un novillo de color “bandero” y le dijo que lo enlazara, y Carlos con la velocidad del rayo, con su soga vaquera organizó una “chipa”, la lanzó   por encima de dos  corrales y el rejo cayó exactamente sobre los cachos, sin coger orejas y con orgullo gritó: “Cachito pelado”. Era muy cortés con todo mundo, especialmente con las mujeres, alguna vez, una dama le preguntó, ¿qué cómo era un buen beso? Y respondió así: “Un buen beso, sabe mejor bajo la sombra de un sombrero alón de un vaquero”, pero la respuesta de la mujer lo sorprendió hasta los tuétanos: “Quizás ni te lo imaginas porque nunca nadie te lo ha dicho anteriormente, pero eres mío, desde el sombrero hasta las espuelas”; parece que desde ese día se hicieron marido y mujer.  Más tarde con el correr de los días se hizo un amansador famoso y, fue uno de los mejores, hasta el punto que un esmeraldero se lo llevó para Pacho, Cundinamarca, donde fue el jefe de una cuadra de caballos. 

Abel y Grato Barrera, fueron ejemplo en estas actividades. Javier Marulanda en su Revista Huellas del Pasado…pasos del presente dice: “Abel, uno de los vaqueros más viejos en la historia de Sevilla, pasó más de ciento cuarenta mil horas de su vida sobre un caballo y pudo haber recorrido durante su larga existencia cerca de quinientos cuarenta mil kilómetros, distancia y tiempo suficiente para aplanarle las nalgas a cualquiera o convertir las posaderas en cemento”. Y continua Marulanda en su relato: “Los dos vaqueros crecieron en medio de monturas, rejos y amarres. Como el hato fue su paisaje y el arreo de ganado su costumbre, cuentan que “cuando Grato esta “verraco” brama como un toro y sólo vuelve a su estado natural lamiendo media libra de sal y comiéndose dos manojos de pasto yaraguá. …Llegó a ser tanta la fidelidad entre vaqueros y caballos que cuando Grato se emborrachaba, su caballo también lo hacía y si de pronto el vaquero le gritaba un viva al partido Liberal, el caballo aprobaba ese viva con un relincho y tres pedos que le hicieron ganar fama de sectario. El caballo de Abel vivía de acuerdo con el estado de ánimo del vaquero: si Abel cantaba, su caballo bailaba como los caballos “pura sangre” de Tony Aguilar, pero si el vaquero iba triste, su caballo no soltaba un solo relincho durante el trayecto”.

Abel en su casa de la Calle Miranda, tenía su caballeriza, y cuando su señora le pedía que trajera el mercado, ensillaba su bestia con la mejor silla y cabalgando con un trote suave, como el mejor jinete que fue, se iba por el mandado, parecía un cowboy americano atravesando una calle de Dodge City, en el estado de Kansas. Cuando necesitaba plata, se iba en su caballo para el banco, se bajaba de la bestia, soltaba el “pisador” y lo amarraba en un ventanal del banco y entraba al recinto calzando sus botas “Corona”, compradas en el Almacén Valher de don Jesús Mejía, el ultimo “cachaco” sevillano, se dirigía a la caja arrastrando sus lustrosas espuelas, exhibiendo su poncho y su sombrero aguadeño, en el ambiente parecía sonar la banda sonora de la película “El bueno, el malo y el feo”. Era una escena típica del legendario Oeste Americano. Alguna vez alguien le dijo que por qué andaba todavía en caballo cuando hacía muchos años ya habían llegado al pueblo los taxis y carros willys:

 Compadezco a un hombre sin vaca, compadezco a un hombre sin asno… pero un hombre sin caballo tendrá dificultad para quedarse sobre la Tierra”, dicen que contestó. Y tenía razón; el caballo ha conquistado el mundo; Atila, el Rey de los Hunos, llegó con su ejército hasta Roma, montado en sus caballos y los conquistadores españoles no habrían dominado a los indígenas de América si no hubieran traído sus corceles. En otra oportunidad, unos aprendices de vaquería le preguntaron a Abel, si alguna vez, un caballo lo había tumbado y él contestó: “Si no te has caído de un caballo, entonces no has montado lo suficiente”.

Abel fue uno de los últimos vaqueros legendarios, pues hoy los ganados flacos se transportan en camión hasta las haciendas, y cuando están gordos los sacan a los mataderos para su sacrificio por este mismo medio de transporte.

Cuentan algunas personas que dicen haber escuchado el  grito  vaquero típico de Abel: “yipiie ah, ei;  yipiie ah oh”, por los caminos de nuestra geografía comarcana y que esto los estimula para seguir trabajando en sus faenas con mayor ahínco, porque Abel fue  hombre incansable; otros cuentan que, con sólo imitar el grito de Abel cuando están arreando sus ganados, estas se tranquilizan y se dejan manejar con docilidad; algunas voces que vienen del más allá, cuentan que un día  Dios en su hacienda del Cielo, observó que jinetes como Hopalong Cassidy, Red Ryder, el Llanero Solitario, John Wayne y Cisco kid, venían arreando sus ganados y, dijo: “Desde hoy, en mi hacienda, el Caporal, será Abel Barrera, pues es el mejor vaquero del mundo y los cielos

La nostalgia invade nuestra alma, son recuerdos que vagan en el cielo con la brisa, recordando el pasado para tener un futuro mejor. Antes teníamos utopías para mentes soñadoras, hoy las utopías son para realistas. Podemos decir como Cortázar, en Rayuela: “Se puede matar todo menos la nostalgia (…) la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña”.

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