Esclavos

5 de septiembre de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Salazar Jiménez

Después de varios años de trasnochos quemándose las pestañas, pagando deudas acumuladas y con la ilusión de aplicar sus conocimientos para beneficio del país, Rusbel Caminante recordó aquellos años de estudios en París, Francia. Expuso que varios no regresaron y muchos que cursan estudios de doctorado en el país los abandonan. Según Semana en Colombia se matricularon 2.326 doctorandos en 2010 y en 2016 pasaron a 5.713. Pocos los graduados: en 2010 apenas 211 y en 2016 solo 615.

Rusbel Caminante planteó que dichos profesionales se convierten en esclavos de las deudas y de la falta de medios y recursos para afirmar su espíritu investigativo. Esclavos de una realidad incomprensible ante las necesidades de personal competente para resolver los graves problemas sociales, económicos y educativos. Así como muchos de ellos marcharon a otros países, otro tanto se concentran en las grandes ciudades, lejos de aquellos pueblos donde son más necesarios.

Ausentes de su país o de sus pueblos nativos tales profesionales reviven la pesadilla que sufrieron intelectuales y artistas griegos –siglo I a.C- que desembarcaron en Roma para ser vendidos como esclavos, leyó Rusbel Caminante. “Médicos, banqueros, administradores, notarios, asesores fiscales, burócratas y profesores de aquella época eran a menudo griegos privados de la libertad”, escribió Irene Vallejo.

Pertenecen a un sistema que perpetúa la esclavitud en diferentes grados, reflexionó Rusbel Caminante. A los doctorados que se les impide acrecentar su espíritu científico y pervierten a una población esclava de la ignorancia. Históricamente señala Irene que “En los Estados Unidos, hasta la derrota de la Confederación, en 1865, era ilegal en muchos estados del sur que los esclavos aprendieran a leer o a escribir; y los ciervos capaces de hacerlo eran considerados una amenaza para la continuidad del sistema esclavista”.

Rusbel Caminante se condolió del pobre significado de la profesión docente que los rebajaba a la lejana condición romana de tarea humilde y menospreciada, propia de esclavos o libertos. Igual o peor porque “La poesía no está en un lugar de honor y si alguien se consagra a ella lo llaman pordiosero”, escribió Catón el Viejo –citado por aquella escritora-

“¿Qué más podemos callar? / Callamos nuestras voces, para escuchar el sonido de los fusiles/ Callamos nuestros pasos, para dejar que otros tracen nuestro futuro/ Reprimimos los sueños, las ilusiones y los convertimos en temores/ Temores que nos hace iletrados, endebles y sumisos”, leyó Rusbel Caminante de la poeta Samiandypeva. Creyó que aquellos distingos antiquísimos de esclavitud continúan vigentes a pesar de las leyes que la prohíben; sin embargo, muchas se han adaptado para perpetuarla bajo singulares y modernos sistemas sociales que la amparan.

Profesionales, artistas, médicos, maestros; campesinos, obreros, jóvenes de la resistencia viven en condiciones de esclavitud. La mayoría son obligados a trabajar sin medios laborales dignos, menos prestacionales y con salarios paupérrimos. Colombia se ubica en el actual contexto donde “el nuevo marco neoliberal y el mundo en red –curiosamente, como en la Roma patricia y esclavista-, el trabajo creativo reclama que sea gratuito”, escribió Irene Vallejo.

 

 

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