La casa en el aire

21 de septiembre de 20210 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Lisandro Duque Naranjo

Ya sabemos de los desacatos que el Gobierno ha tenido —y a los que le quiere agregar muchos más— con el Acuerdo de Paz de La Habana. No voy a resumirlos porque eso es vox populi. El CD, inspirador de esos incumplimientos, sin embargo, insiste en que la violación de ese pacto —por lo del No del plebiscito— es apenas para la dirección de los Comunes, “los cabecillas”, como les siguen diciendo, mas no para las bases de la antigua guerrillerada. Y que a este conglomerado —13.000 excombatientes que hicieron dejación de sus armas— sí hay que atenderle las necesidades según lo convenido, pero en realidad no lo está haciendo. Veamos el caso de la vivienda para el 20 % de los exguerrilleros, 2.600, que todavía se preservan en comunidad en varias regiones del país a quienes a estas horas ni una sola casa de verdad les ha sido entregada: las “soluciones” arquitectónicas con que se les han aparecido son de una precariedad insultante, especies de casetas diminutas prefabricadas (que más parecen quioscos coloridos para venta de helados), cuyas paredes, de super-board o fibro-cemento, permiten que hasta la respiración del camarada que vive enseguida se escuche como si durmiera en la misma cama, y a la que cualquier tos o estornudo les hace vibrar las ventanas como si arreciera una tormenta. Algunos han preferido armar un cambuche, como cuando combatían, para conciliar el sueño. Principio tienen las cosas.

  Los reincorporados, sin embargo, están organizados para hacerse garantizar los derechos a una vivienda decente, más espaciosa para que quepan los núcleos familiares en gestación (compañero o compañera, hijos, huerta para sostenibilidad, entorno social con escuela, casa cultural, iglesia, si es que la quieren, áreas comunes de trabajo para desarrollar proyectos rentables con sus vecinos, reincorporados también, etc.). Y, sobre todo, materiales consistentes en la hechura de las casas, para que estas no salgan volando un mal día dejándolos al descampado.

  Que conste que los reincorporados no están como “atenidos” mirándose el ombligo esperando un techo digno. Por el contrario, la cohesión de cuando estaban en guerra los mantiene a la iniciativa, y en Pondores, La Guajira, Tierra Grata, Cesar, Llano Grande, Dabeiba, y en muchos más lugares, han montado fábricas de ladrillo, carpinterías y depósitos de varillas metálicas, para aportar mamposterías a viviendas deseables y merecidas, por el sistema de autoconstrucción, el día que el Gobierno les adjudique las hectáreas requeridas, que ahora les niega, para fundar poblaciones promisorias. Mientras eso llega, ya han construido una casa modelo, adecuada a su necesidad de abrigo, la topografía y el clima, que por el momento han destinado a ser un hostal. Nadie se imagina la pujanza y laboriosidad de estos ciudadanos empeñados en despegar la aguja en sus nuevos entornos, animados por la paz, con bebés por ahí correteando, y en ejercicio de una imaginación que les hace ver todo inédito y por construir. Algo tolstoyano, sin duda, pero perfectamente posible.

  Y sin olvidar a los compañeros que partieron fatigados por la espera, y que adonde fueron a dar, hacia sus lugares de origen, donde sus familias, constituyen un 80 % del total de reincorporados; es decir, 10.400. A ellos también se les debe la casa, en donde quiera que vivan.


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